La Madre Caja

La nueva convención social nos dice que el móvil nos ha embrutecido. La versión más sofisticada del argumento añade datos de atención, curvas de dopamina y alguna referencia a Shoshana Zuboff para que parezca que no es simple nostalgia. La versión popular se limita a señalar que la gente mira la pantalla en el metro. Pero ambas versiones comparten el mismo punto ciego.

Porque lo que nadie se para a considerar es el otro lado de esa pantalla. Antonio Escohotado, en sus últimos años de lucidez combativa, señalaba algo que, de tan obvio, solo podía molestar a los simuladores de profundidad: por primera vez en la historia de nuestra especie, cualquier persona con un teléfono en el bolsillo tiene acceso a una proporción significativa de todo el conocimiento que la humanidad ha acumulado desde que aprendió a escribir. Cualquiera. Sin credenciales académicas, sin cuota de biblioteca, sin pertenecer al linaje correcto ni vivir en la ciudad correcta. La Retórica de Aristóteles, los manuscritos de Darwin, cien ediciones comentadas del Quijote, las cartas de Keats, los cuadernos de Leonardo, la obra completa de Borges. Un click, o algo que se le parece.

Esto no tiene precedente en ninguna civilización anterior. No en la de Atenas, que reservaba el saber a una fracción minúscula de su población libre. No en la medieval, donde el acceso a un texto dependía de la proximidad física a un scriptorium y del favor de quien lo custodiaba. No en la de la Ilustración, que soñó con la Encyclopédie como proyecto utópico y tardó décadas en producir veintiocho volúmenes que muy pocos podían permitirse.

Lo que aquellos proyectistas ilustrados imaginaban como ideal —el saber universal, accesible, sin mediadores— existe hoy en la palma de la mano de un adolescente de Murcia. Y ese adolescente, con toda probabilidad, está mirando qué vestido se ha comprado una influencer para una despedida de soltera.

Esto, que se suele presentar como la gran decepción de nuestra era, merece un análisis menos condescendiente de lo habitual. Porque la pregunta interesante no es por qué la gente prefiere el scroll al estudio —esa preferencia existe desde antes de que hubiera pantallas, y cualquier profesor universitario puede confirmarlo— sino qué significa que esa posibilidad exista aunque no se ejerza. La electricidad no deja de ser electricidad porque la mayoría de la gente la use para encender la televisión y ver realities. El lenguaje escrito no se degradó porque la imprenta de Gutenberg terminara produciendo también almanaques y literatura de cordel. La herramienta es lo que es con independencia del uso que le dé su propietario circunstancial.

En la mitología que Jack Kirby construyó en los setenta para DC Comics —esa mitología americana que él llamó el Cuarto Mundo— los Nuevos Dioses de Nueva Génesis poseían un objeto llamado Mother Box. Era una caja pequeña, lo suficientemente pequeña como para caber en la palma de la mano, con conciencia propia, capaz de conectar a su portador con energías y conocimientos que excedían cualquier comprensión individual. Una interfaz entre lo humano y lo cósmico. Kirby la imaginó como la herramienta definitiva: no garantizaba sabiduría, no aseguraba que su portador hiciera nada útil con ella, pero la capacidad que ofrecía era de otro orden de magnitud respecto a cualquier cosa anterior.El parecido no es decorativo. Ni casual.

Lo que el móvil conectado a internet representa en términos de potencial cognitivo colectivo es exactamente eso: una interfaz entre la capacidad individual de una persona cualquiera y la memoria acumulada de la civilización. El hecho de que la mayoría prefiera usarla para consumir entretenimiento efímero no dice nada sobre la herramienta. Dice algo sobre la naturaleza humana que, por otro lado, ya conocíamos. Somos criaturas que, dada la elección entre el esfuerzo y el placer inmediato, tendemos a elegir el placer inmediato. Esta revelación no requería smartphones.

Lo que sí requería smartphones, o algo funcionalmente equivalente, era hacer posible la otra opción para quien quisiera ejercerla. Y aquí aparece una variable que el debate sobre las pantallas suele ignorar: no es lo mismo recibir la herramienta antes o después de haber desarrollado la curiosidad, el aprendizaje, la capacidad creativa. El que llega al móvil habiendo ya construido esos hábitos los ve amplificados; el que lo recibe antes de construirlos los ve sustituidos. La diferencia no está en el dispositivo sino en el peatón que lo porta. Un conductor novel que nunca ha caminado no sabe adónde quiere ir; uno que conoce la ciudad a pie sabe exactamente qué hace al volante.

El argumento contra el móvil confunde sistemáticamente dos cosas distintas: la herramienta y el uso que se le da, el medio y el mensaje, el potencial y su ejercicio. Es como culpar al papel de que la mayoría de lo que se escribe sea prescindible. Técnicamente cierto, pero intelectualmente irrelevante.

La pregunta que vale la pena hacerse no es si la gente usa bien internet. La gente no usa bien casi nada. La pregunta es qué mundo es posible ahora que existe, comparado con el que era posible antes. Y la respuesta a esa pregunta, si uno se permite pensarla sin el filtro de la decepción cultural, es bastante más esperanzadora de lo que el discurso dominante sobre las pantallas está dispuesto a admitir.

Somos la primera generación de la historia que puede elegir saber. No que esté obligada a quererlo, cosa que nunca ha funcionado, sino que tiene la posibilidad técnica de acceder a cualquier conocimiento que alguien haya tenido la dedicación de registrar, en cualquier momento, desde cualquier lugar, sin pedir permiso a nadie.

Es un privilegio de proporciones que todavía no hemos aprendido a nombrar. Y seguimos quejándonos de que la gente hace scroll, como nosotros mismos.

Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.