La victoria como acusación

No sé si el lector ha reparado en un cambio en la liturgia del protocolo postelectoral. Durante décadas la convención era conocida: todos los partidos salían la noche del escrutinio a proclamar su victoria. Los que ganaban en votos, los que ganaban en escaños, los que habían «crecido», los que habían «resistido». La victoria era la única moneda aceptada en ese ritual. Nadie salía a hablar de los demás.

Eso ha cambiado. Hoy el discurso postelectoral pivota sobre el fracaso ajeno. No «hemos ganado» sino «ellos han perdido», «el proyecto de X ha recibido un varapalo», «los ciudadanos han castigado a Y». La energía retórica ya no se dirige hacia dentro, hacia la propia figura, el propio resultado, sino hacia el adversario como objeto de veredicto. Es casi cómico porque si antes el perdedor decía lo que había ganado, bien escaños, representación, lo que fuere, ahora el que ha perdido estrepitosamente, también intenta convencernos de que el que ha ganado ha perdido.

¿Qué explica ese desplazamiento?

En parte, algo estructural. En un sistema fragmentado, donde los umbrales de «ganar» son relativos y fácilmente impugnables, la retórica de la victoria propia se ha vuelto frágil. Si no tienes mayoría, si no formas gobierno, si creciste pero no lo suficiente, el primer periodista deshace el relato. El fracaso ajeno resiste mejor: si el otro bajó cinco escaños, bajó cinco escaños. El dato del adversario es más sólido que tu propia interpretación del tuyo. Hay una asimetría aquí que los equipos de comunicación han aprendido a explotar: el daño es más legible que el logro cuando los resultados son ambiguos.

Pero hay algo más, que va más allá de la táctica. En la política contemporánea, y no solo en sus versiones más populistas, la identidad política se construye cada vez menos sobre un proyecto propio y cada vez más sobre la negación del adversario. Lo que soy se define por lo que el otro no es. Lo que represento se sostiene sobre lo que el otro ha fallado en representar. Si tu identidad depende del adversario, su derrota es literalmente tu razón de ser. La elección no es un mandato que recibes: es una condena que ejecutas sobre el otro.

Esto tiene una consecuencia: el antiguo ritual de la victoria propia, aunque fuera a menudo grotesco, con partidos con el 8% celebrando triunfos históricos, contenía al menos una gramática de responsabilidad. «Hemos ganado» implica que a quien habla se le puede exigir algo. Ganaste: ahora gobierna, cumple, entrega. «Ellos han perdido» no implica nada parecido. Es un veredicto sin sujeto obligado. El portavoz que lo pronuncia no contrae ninguna deuda con el electorado: sencillamente ejecuta una sentencia sobre el adversario y se retira.

«¡A-ha!» Nelson Muntz, cada vez que alguien tropieza

El discurso de la derrota ajena es, en ese sentido, la irresponsabilidad política disfrazada de análisis. Parece un comentario sobre los hechos, pero es una evasión de los propios.

Lo más revelador es quizá el léxico que lo acompaña: «los ciudadanos han castigado», «han recibido un varapalo», «el veredicto de las urnas». Las elecciones ya no son un proceso de representación sino un juicio. Y en un juicio el objetivo no es gobernar juntos: es vencer al acusado. Si la política funciona con esa gramática, no sorprende que la convivencia postelectoral sea lo que es. El que «ganó» no siente que deba nada a los electores del «perdedor». El que «perdió» no acepta el veredicto porque los veredictos, en política, no tienen fuerza ejecutiva.

El lenguaje llega siempre antes que la realidad. Y este lleva años diciéndonos algo sobre hacia dónde vamos.

Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.