Analicemos brevemente la visita de Estado de Carlos III a Washington de estos días: dos hombres que se dicen poderosos, coincidiendo en actos y cenas, haciendo chistes. Uno era Carlos III, rey de un Imperio que ya no existe pero que sigue ejerciendo como si supiera lo que hacer con la memoria de haberlo tenido. El otro era Donald Trump, presidente de un país que lleva dos siglos convencido de que la historia empieza en él. Los dos se rieron. Los dos hicieron reír a los demás. Y sin embargo, lo que cada uno hizo con el humor no se parece en nada, porque el humor, como todos los actos del lenguaje, no es inocente. Es, antes que nada, una revelación de quién es quien lo practica.

La broma como acto de inteligencia
Hay una distinción clásica, que los teóricos de la retórica conocen bien, entre el ingenio y la carcajada fácil. El primero exige al que lo practica tener una imagen clara de sí mismo, suficiente distancia irónica sobre su propia posición, y la habilidad de construir un argumento que funcione como chiste sin dejar de ser un argumento. La segunda solo exige saber a quién atacar y con qué intensidad.
Carlos III, ante la sesión conjunta del Congreso, demostró dominar el primero. Cuando recordó que Estados Unidos celebraba sus 250 años de independencia, añadió con una pausa medida: «o, como decimos en el Reino Unido, hace apenas unos días». La frase es una miniatura perfecta del tipo de humor que estamos analizando: requiere que el oyente active simultáneamente la escala temporal de una monarquía milenaria, la brevedad relativa de la experiencia americana y la paradoja de que ese mismo Imperio fue quien perdió esa porción de historia. Tres capas en una sola frase, pronunciada con la ligereza de quien sabe que no necesita explicarla.
Más tarde, en la cena de Estado, respondió a la archiconocida afirmación de Trump de que sin los Estados Unidos, Europa estaría hablando alemán, dicha en Davos en enero con esa mezcla de fanfarronería y simplificación histórica que caracteriza al presidente, con una precisión quirúrgica: si no fuera por nosotros, ustedes hablarían francés. La broma funciona en varios registros simultáneos, que es exactamente lo que distingue al wit anglosajón del chiste de barra. Primero, devuelve a Trump su propio juego, el de la historia contrafactual, pero lo hace con una precisión geográfica e histórica que el original no tenía. Segundo, lo hace sin perder la sonrisa ni la elegancia del tono, sin convertir la pulla en confrontación. Tercero, y esto es lo más importante: la broma funciona independientemente de que el interlocutor la entienda. No necesita la aquiescencia del blanco para tener efecto. Llega a quienes tienen la referencia histórica necesaria para apreciarla, y eso ya la convierte en algo diferente: en un acto de complicidad selectiva, no de dominio colectivo.
El rey no se detuvo ahí. El monarca hizo otras bromas a expensas de Trump al asegurar que no pudo evitar darse cuenta de los «reajustes» en el ala este de la Casa Blanca, recordando que «nosotros, los británicos, por supuesto, hicimos nuestro propio intento de remodelación inmobiliaria de la Casa Blanca en 1814», cuando soldados británicos incendiaron el edificio durante la guerra anglo-estadounidense. También se permitió describir la cena como «una mejora muy considerable con respecto al Motín del Té de Boston».
Nótese la arquitectura de estas intervenciones. En ningún caso Carlos ataca directamente a Trump. En ningún caso convierte la incomodidad en hostilidad abierta. Lo que hace es trazar, con levedad aparente, una línea que separa a quien tiene historia —y sabe que tenerla implica haber cometido también barbaridades— de quien la reduce a un relato de salvadores y salvados. La ironía sobre la quema de la Casa Blanca no es solo un chiste sobre arquitectura: es una manera de decir que la historia es más complicada de lo que las consignas permiten, y que esa complicación puede sostenerse sin perder el humor. Eso, en términos retóricos, es lo que Aristóteles llamaba ethos: la demostración de carácter que el orador proyecta antes incluso de que el argumento explícito comience.
La carcajada como acto de dominio
Trump, esa misma noche, también hizo reír. Reservó la mayoría de su humor para objetivos nacionales, felicitando a Carlos por su discurso en el Congreso y añadiendo que el rey «logró que los demócratas se pusieran de pie: yo nunca lo he logrado».
El chiste es revelador no tanto por lo que dice como por lo que no puede decir. Trump se sitúa en el centro, incluso cuando está saludando a otro. El cumplido al rey se convierte inmediatamente en una queja sobre sí mismo, lo que equivale, en la economía del narcisismo, a hablar de sí mismo con la excusa de hablar del otro. No hay ninguna reciprocidad en esa broma, ningún reconocimiento de que existe un mundo más allá del propio eje gravitacional. El humor de Trump no conecta: irradia. No crea complicidad: establece jerarquía. La risa que convoca es la risa de los que están con él contra algo o alguien, que en este caso son los demócratas, el cuerpo legislativo, el adversario doméstico de turno.
La diferencia estructural entre las dos maneras de hacer reír es, en el fondo, una diferencia sobre la relación con el tiempo y con la realidad. La broma de Carlos III presupone que el interlocutor tiene cultura suficiente para entender la referencia, que la historia es un campo compartido, que la ironía sobre los propios errores del pasado es posible precisamente porque uno no necesita que la historia sea impecable para tener dignidad en el presente. La broma de Trump presupone que el chiste es un arma, que hay un enemigo identificable, y que la risa es la certificación de que estamos en el bando correcto.
Lo que el humor revela sobre el poder
El filósofo Henri Bergson observó, en su ensayo sobre la risa, que lo cómico surge siempre de una cierta rigidez mecánica superpuesta a la vida: es gracioso aquello que en vez de adaptarse a la situación repite el mismo gesto en el momento equivocado. Hay algo en esta definición que ilumina, de manera inesperada, lo que ocurrió en esos días. Trump es, desde el punto de vista bergsoniano, genuinamente cómico: repite siempre el mismo gesto, el mismo movimiento de centrar la escena en sí mismo, con una fidelidad casi mecánica que resulta, a su manera, hipnótica. No es capaz de estar en un espacio compartido sin convertirlo en un escenario propio. La rigidez de ese patrón es lo que lo hace predecible, y lo predecible, decía Bergson, es lo risible.
Pero Carlos III no es cómico en ese sentido. El rey practica algo diferente: la comedia de la lucidez, que es la que se produce cuando alguien sabe exactamente dónde está parado, incluidas las partes incómodas de ese suelo, y puede manejar esa consciencia sin ansiedad. Reírse de que en 1814 los británicos quemaron la Casa Blanca no es un acto de contrición ni de exhibicionismo masoquista. Es la demostración de que la identidad no necesita ser perfecta para ser sólida. Que uno puede reconocer la propia historia sin que eso lo derribe. Esa es, en realidad, la definición más precisa de la inteligencia emocional en el espacio público: no la capacidad de no sentir, sino la capacidad de sentir y seguir funcionando con elegancia.
La zafiedad no es espontaneidad
Conviene aquí deshacer un equívoco habitual en los análisis sobre el populismo y su relación con el humor. Se dice a menudo que el humor de figuras como Trump es «auténtico», «espontáneo», «no filtrado», frente a la corrección calculada de los políticos convencionales. Y hay una parte de esa observación que describe algo real: Trump no emplea los mecanismos de contención retórica que la política institucional ha desarrollado para suavizar la agresividad. Pero confundir la ausencia de filtro con la autenticidad es un error conceptual de primera magnitud.
La zafiedad no es espontaneidad. Es, antes bien, la ausencia de elaboración. Y la elaboración, en el humor como en el pensamiento, es la operación que transforma el impulso en acto comunicativo significativo. El chiste que solo funciona si humillas al blanco no es más auténtico que el que funciona sin hacerlo: es simplemente más barato. Requiere menos trabajo intelectual, menos distancia sobre uno mismo, menos confianza en que el efecto cómico puede obtenerse sin necesidad de establecer una víctima. El humor de inteligencia exige saber que uno puede perder la batalla del chiste y sobrevivir. Trump nunca arriesga eso. Sus bromas siempre van en la dirección segura, siempre apuntan al adversario identificado, siempre garantizan la risa de los que ya están de acuerdo. Eso no es valentía cómica. Es lo contrario.
Dos reyes, ninguno el mismo
La Casa Blanca publicó en su cuenta de X una imagen de los dos mandatarios bajo el título «Dos reyes», y la ironía del rótulo probablemente escapó a quienes lo redactaron. Aunque quizás no del todo: porque hay una lectura de esa frase que no es irónica sino descriptiva.
Carlos III no vino a Washington a medirse con Trump. Vino a rendirle visita. El orden simbólico de la cumbre —quién recibe, quién viaja, quién necesita de quién para aliviar tensiones comerciales y diplomáticas— no dejaba mucho margen a la ambigüedad. El Reino Unido necesitaba recomponer una relación deteriorada, y el rey era el instrumento más útil para hacerlo sin que el Gobierno laborista de Starmer tuviera que ceder explícitamente en nada. En ese sentido, la satisfacción de Trump durante los actos no era solo la del anfitrión complacido: era la del hombre que sabe, con independencia de lo que se diga en el podio, cuál es la geometría real de la sala.
Y es precisamente ahí donde el humor de Carlos adquiere una dimensión que va más allá del ingenio. La distancia histórica, la ironía sobre el pasado imperial, las referencias a la Carta Magna y a los 250 años que «son apenas unos días» para quien lleva milenios contando: todo eso no es solo elegancia retórica. Es también la única forma de terreno en que el rey puede mantener una posición que la política real ya no le garantiza. Cuando Carlos recuerda que los británicos quemaron la Casa Blanca, o que sin ellos los americanos hablarían francés, está haciendo algo más que un chiste: está recordando, con la levedad de quien no necesita insistir, que la historia es larga y que los equilibrios de poder tienen una duración finita. Es el único argumento disponible para quien ha venido, en el fondo, a negociar desde una posición de debilidad.
Eso no invalida la diferencia de calidad entre los dos tipos de humor. La sigue habiendo, y es sustancial. Pero la complica. El wit de Carlos no es solo la expresión natural de una inteligencia cultivada: es también una estrategia de supervivencia simbólica. Un modo de no desaparecer del todo en la asimetría. Trump lo disfruta porque puede permitírselo: el que tiene el poder real puede reírse de las finezas del que solo tiene el poder retórico. Y el que solo tiene el poder retórico hace bien en afilarlo todo lo que pueda.
Lo que la visita mostró, en definitiva, no es que un hombre sea más inteligente que otro en algún sentido abstracto. Lo que mostró es que el humor, como el lenguaje en general, no es solo un instrumento: es la evidencia de la relación que cada uno mantiene con la realidad. Y también, a veces, con su propia posición en ella. Una relación, en un caso, lo suficientemente amplia para incluir la propia fragilidad. Y en el otro, demasiado frágil para incluir nada que no sea el propio reflejo. Aunque esa fragilidad, en el caso del rey, tenga esta vez un nombre más concreto: la conciencia de que uno ha cruzado el Atlántico a sonreír al hombre más poderoso del mundo, y de que la mejor respuesta disponible es hacerlo con más clase que él.
Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.
