En algún lugar del Pacífico sur, un macho de yubarta, la ballena jorobada, introduce una pequeña variación en su canto. Un giro melódico nuevo, una secuencia rítmica que antes no existía. En cuestión de semanas, otros machos de su población han adoptado el cambio. En cuestión de meses, esa variación ha cruzado miles de kilómetros de océano y aparece en las canciones de poblaciones que nunca han tenido contacto directo con el primero. No por evolución genética. Por imitación. Por aprendizaje. Por transmisión cultural.

Los estudios que documentan este fenómeno —en particular los trabajos de Michael Noad y su equipo publicados a principios de este siglo, y las investigaciones posteriores de Ellen Garland sobre la propagación transcultural de los cantos— han ido consolidando algo que hace unas décadas habría parecido extravagante: las yubartas tienen cultura. No en sentido metafórico ni aproximado. En el sentido técnico más preciso: información aprendida que se transmite socialmente entre individuos y poblaciones, que cambia con el tiempo y que no está determinada genéticamente.
Esto obliga a replantearse una pregunta que creíamos resuelta: ¿qué nos hace distintos? Y, más en el fondo, una pregunta que quizás nunca hemos formulado con suficiente precisión: ¿en qué punto de la evolución dejamos de simplemente vivir la experiencia y empezamos a contarla?
Cultura no es lo mismo que narrativa
Conviene ir despacio aquí porque es fácil dar un salto que el argumento no autoriza, pero también el salto contrario: descartar con demasiada rapidez lo que no podemos ver todavía. Que las yubartas tengan cultura —transmisión social de comportamientos aprendidos— es extraordinario. Pero cultura no es lo mismo que narrativa, o al menos no necesariamente. Entre una y otra hay un umbral que vale la pena examinar con cuidado, porque es precisamente ahí donde reside la especificidad humana, si es que existe.
La cultura, en su sentido más amplio, aparece en muchos linajes animales. Los chimpancés de distintas poblaciones tienen técnicas diferentes para cascar nueces o pescar termitas, y esas técnicas se transmiten de madres a crías por observación e imitación. Ciertos grupos de orcas tienen dialectos vocales propios. Algunas poblaciones de aves canoras aprenden sus cantos de tutores y los modifican localmente. La cultura, entendida como transmisión social de información no genética, no es un privilegio humano. Es una solución que la evolución ha encontrado de manera convergente en varios linajes cuando la complejidad cognitiva y la vida social alcanzan cierto umbral.
La narrativa, en cambio, requiere algo más. Requiere no solo que una información pase de un individuo a otro, sino que esa información esté organizada temporalmente, que tenga un antes y un después, que el agente que la procesa pueda situarse a sí mismo dentro de ella.
¿Tienen las yubartas esa capacidad? La respuesta sincera es que no lo sabemos. Lo que los estudios documentan con solidez es la transmisión y la variación cultural de los cantos. Lo que no podemos hacer todavía es descifrar su contenido semántico con la profundidad necesaria para saber si ese canto contiene algo más que señalización del presente: si hay en él referencia a experiencias pasadas, proyección hacia el futuro, algo parecido a un relato sobre quién es quien lo canta o qué ha vivido. No es que hayamos mirado y no encontrado nada. Es que no podemos mirar todavía de la manera necesaria.
Lo que complica aún más la imagen es que los delfines —cetáceos como las yubartas— superan la prueba del espejo, uno de los marcadores conductuales que usamos para inferir conciencia del yo en otras especies. Si hay conciencia del yo, la posibilidad de que el canto contenga algo más que comunicación de lo inmediato se vuelve considerablemente menos descabellada. Las yubartas podrían estar precisamente en esa zona de penumbra donde la transmisión cultural y la narrativa todavía no se han separado del todo, o donde nuestra capacidad de distinguirlas no ha alcanzado aún la precisión necesaria.
La frontera, en definitiva, es más borrosa de lo que cualquier definición limpia sugiere. Y ese perfil borroso no debilita el argumento: lo enriquece. Porque si la narrativa emergió gradualmente en la evolución, como todo lo demás, entonces debería haber zonas intermedias donde no es fácil decir si estamos ante su ausencia o ante sus primeras formas. Las ballenas jorobadas podrían ser una de esas zonas.
Un canto de yubarta que cambia y se propaga es transmisión cultural de una sofisticación admirable. No hay evidencia de que ese canto funcione como un relato, de que la ballena que lo aprende lo sitúe en una historia sobre sí misma. Pero por eso mismo conviene añadir una cautela: tampoco tenemos acceso a su experiencia subjetiva. Entre lo que podemos medir y lo que puede estar ocurriendo hay, en el océano, miles de metros de profundidad.
El umbral del lenguaje
¿Dónde está entonces ese umbral? La respuesta más precisa que tenemos apunta al lenguaje, pero no al lenguaje entendido simplemente como comunicación. Muchos animales se comunican con sofisticación notable. El umbral relevante es otro: el lenguaje como sistema de desplazamiento, la capacidad de referirse a lo que no está presente, a lo que ocurrió antes o podría ocurrir después, a lo que es puramente hipotético o imaginado.
Cuando un vervet lanza una llamada de alarma específica para los leopardos, está comunicando algo sobre el presente inmediato. Cuando un ser humano le cuenta a otro lo que le ocurrió ayer, o le advierte de lo que podría pasarle mañana, o le narra una historia que nunca ocurrió, está haciendo algo cualitativamente distinto: está construyendo un mundo posible con palabras, situando a su interlocutor en un tiempo y un espacio que no son los del momento de la conversación. Está narrando.
El paleontólogo Ian Tattersall y el lingüista Derek Bickerton, entre otros, han argumentado que este salto —del sistema de señales al lenguaje desplazado— es el más significativo de la historia evolutiva humana. No porque nos hiciera más inteligentes en el sentido de procesar información más rápido, sino porque nos dio acceso a una dimensión nueva: el tiempo fuera del presente. Y el tiempo fuera del presente es exactamente el material del que está hecha la narrativa.
Lo más probable es que este umbral no se cruzara de golpe. La arqueología cognitiva —el estudio de la mente a través de sus productos materiales— sugiere una emergencia gradual. Las primeras evidencias sólidas de pensamiento simbólico, de representación de lo ausente, aparecen hace unos cien mil años en África, y se consolidan en la explosión cultural del Paleolítico superior europeo hace entre cuarenta y cincuenta mil años: pinturas rupestres, figuras talladas, instrumentos musicales, enterramientos rituales. Todo ello implica la capacidad de construir mundos que no son el mundo inmediato. Todo ello implica narrativa.
El atractor narrativo
Volvamos a las yubartas, pero ahora con más herramientas.
Lo que su cultura musical revela no es que tengan narrativa, sino que tienen, como mínimo, las condiciones de posibilidad de la narrativa: memoria social, aprendizaje por imitación, transmisión entre generaciones, variación cultural acumulativa. Son ingredientes necesarios pero no suficientes. Les falta —o eso pensamos— el desplazamiento temporal, la proyección hacia el pasado y el futuro, la construcción del yo como personaje de una historia propia.
Pero el hecho de que esos ingredientes aparezcan de manera convergente en cetáceos, primates, aves y otros grupos sugiere algo que va más allá de la biología de cada especie. Sugiere que cuando la vida alcanza cierto nivel de complejidad social y cognitiva, tiende a producir estas capacidades. No como destino predeterminado ni como plan, sino como lo que los matemáticos llamarían un atractor: un estado hacia el que el sistema tiende cuando las condiciones se dan, independientemente del punto de partida.
Si eso es así, la narrativa no sería un accidente evolutivo peculiar de los homínidos sino una propiedad emergente que el universo produce, a través de la vida, cuando la complejidad alcanza cierto umbral. No hacia la certeza de que ese umbral se cruza siempre, sino hacia la sospecha fundada de que el universo produce sistemáticamente las condiciones que lo hacen posible. Las ballenas podrían estar rozándolo desde un linaje completamente distinto al nuestro —o podrían estar ya en él de maneras que todavía no sabemos leer—. Los cuervos, con su demostrada capacidad de planificación futura, también. Los chimpancés, con su teoría de la mente rudimentaria, también.
Ninguno lo cruza del modo en que lo cruzamos nosotros. O al menos eso es lo que podemos decir con los instrumentos que tenemos. Pero todos apuntan en la misma dirección. Y eso es precisamente lo inquietante: que la dirección parezca estar ahí, en el universo, esperando a ser recorrida.
Desde cuándo, y por qué importa
La pregunta del título tiene entonces una respuesta provisional: empezamos a contar historias hace entre cincuenta mil y cien mil años, cuando el lenguaje desplazado y el pensamiento simbólico se consolidaron en nuestra especie. Pero empezamos a acumular los materiales necesarios para hacerlo mucho antes, en un proceso gradual que compartimos, en distintos grados, con otros linajes.
Lo que esto significa es que la narrativa no es una característica arbitraria de nuestra especie, como podría serlo el color de nuestra piel o la forma de nuestras manos. Es el resultado de una tendencia profunda que la vida expresa de manera convergente cuando puede. Somos narradores no por casualidad sino porque la evolución, trabajando con los materiales que el universo proporciona, tiende a producir complejidad cognitiva, y la complejidad cognitiva tiende a producir la capacidad de situarse en el tiempo, y situarse en el tiempo es ya, en su forma más elemental, contar una historia.
Queda una pregunta abierta, la más difícil. Si la narrativa emerge de manera convergente en linajes tan distintos como los cetáceos y los primates, si parece ser un atractor hacia el que la vida tiende, ¿dice eso algo sobre el universo o solo sobre la vida? ¿Es la narrativa una propiedad de la materia suficientemente organizada, o es la solución que encuentra la vida a un problema que solo la vida tiene?
No lo sabemos. Pero el hecho de que una ballena en el Pacífico sur esté modificando su canto y enseñándoselo a sus congéneres nos recuerda que la pregunta es más grande y más antigua que nuestra especie. Y que quizás no somos los únicos que, a nuestra manera, estamos intentando responderla.
Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.
