La extraña incompatibilidad entre ser autónomo y ateo

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Declararse ateo es relativamente fácil. Seguir siéndolo después de varios trimestres como autónomo en España ya requiere una coherencia casi heroica. Uno puede sostener en abstracto una visión materialista del mundo, negar toda providencia y despachar la religión como un residuo cultural. El problema empieza cuando llega el día 28 del mes, miras la cuenta corriente, recuerdas las cuotas, el IVA, el IRPF, los pagos pendientes y ese cliente que “te hace la transferencia mañana” desde hace diez días. En ese momento, las convicciones filosóficas empiezan a parecer menos robustas de lo que prometían.

Porque ser autónomo en España exige, de una forma u otra, una fe.

No necesariamente una fe confesional, con catecismo, sacramentos y calendario litúrgico. No hace falta encender velas ante la sede electrónica de la Agencia Tributaria ni encomendarse a san Judas Tadeo cada vez que vence un trimestre. Pero sí hace falta una confianza que desborda lo puramente racional. La convicción íntima de que, pese a todos los indicios en contra, de algún sitio saldrá. Un ingreso, un cliente, una prórroga tácita del universo, lo que sea.

El asalariado vive, en términos metafísicos, en un mundo bastante ordenado. Trabaja y cobra. Puede discutir sobre la justicia de su sueldo, soportar jefes absurdos o asistir a reuniones que deberían haberse resuelto con un correo, pero hay una estructura de regularidad que permite mantener una cierta confianza en la causalidad. El mes termina y pasa algo reconocible. Hay una nómina. Hay un rito. Hay una correspondencia visible entre el tiempo entregado y el dinero ingresado.

El autónomo, en cambio, vive en otra dimensión moral y ontológica. Trabaja hoy para cobrar no se sabe cuándo. Hace presupuestos que se pierden en el misterio, emite facturas que parecen botellas lanzadas al mar y aprende a interpretar los silencios administrativos como los antiguos augures interpretaban el vuelo de las aves. Su economía no se organiza en torno a la seguridad, sino a la expectativa. No se basa tanto en la previsión como en una forma refinada de esperanza.

Eso no se sostiene solo con hojas de cálculo.

Para sobrevivir como autónomo hay que creer en algún principio invisible de compensación. En que el esfuerzo, tarde o temprano, encontrará su cauce. En que aquel asunto que lleva semanas dormido se moverá de pronto. En que el cliente dubitativo terminará diciendo que sí. En que el mes malo era una excepción y no una revelación. Hace falta suponer que existe, en alguna parte, una lógica secreta del mundo que acabará impidiendo que todo se venga abajo exactamente a la vez.

Porque, si uno aplicara al trabajo autónomo un racionalismo estricto, seguramente no se atrevería ni a darse de alta.

No tener un sueldo fijo, medir el éxito por trimestres o anualidades, confiar en que habrá suficiente en la caja para responder a las obligaciones fiscales y profesionales y aspirar, de vez en cuando, a una olla con más ave que carnero, no parece una forma de vida compatible con un escepticismo absoluto. O se cree en Dios, o en el karma, o en la energía del universo, o en la ley de la siembra y la cosecha, o en una versión castiza de la providencia que consiste en pensar: bueno, otras veces también parecía imposible y al final se pudo.

El autónomo que se declara ateo suele empezar negando la trascendencia y termina desarrollando una espiritualidad de urgencia. No lo formula así, claro. Dice cosas como “siempre sale algo”, “septiembre suele remontar”, “a ver si se anima la cosa” o “este cliente me traerá más clientes”. Pero todo eso no deja de ser una escatología de pequeño formato. Una teología doméstica de la subsistencia.

Incluso la relación con Hacienda tiene algo de religión primitiva. Se hacen ofrendas periódicas. Se entregan sacrificios. Se acepta que una parte nada simbólica del fruto del trabajo debe ser depositada en un altar digital que rara vez devuelve consuelo y con frecuencia devuelve requerimientos. Y todo ello se vive con esa mezcla tan española de temor reverencial, culpa preventiva y resignación sacrificial. No es exactamente una fe gozosa. Se parece más a esas religiones antiguas en las que uno cumplía los ritos no porque esperara amor, sino porque temía las consecuencias de no cumplirlos.

Luego está ese otro misterio de la tesorería, que cualquier autónomo conoce bien. Hay meses en que las cuentas no salen. No es que salgan mal: es que no salen. Sin embargo, por algún extraño encadenamiento de azares, acaban saliendo. Uno paga. Otro adelanta. Surge un encargo imprevisto. Se retrasa un cargo. Aparece un asunto que llevaba semanas parado. Y de pronto el edificio entero se sostiene, no con la solidez de una empresa bien planificada, sino con la delicadeza improbable de una catedral construida con palillos.

A eso se le puede llamar casualidad, desde luego. Pero también se le podría llamar providencia, sin incurrir en excesos místicos.

Tal vez el problema no sea que el autónomo deje de ser ateo, sino que descubre que el ateísmo, como tantas otras convicciones, funciona mejor con nómina. Es muy fácil defender un universo sin sentido último cuando todos los días 30 se produce un pequeño milagro bancario regular y previsible. Lo difícil es sostener el mismo aplomo metafísico cuando dependes de varios clientes, de plazos movedizos, de promesas ambiguas y de una cuenta corriente cuyo saldo cambia de significado moral según la hora del día.

Por eso sospecho que el autónomo español no es exactamente un creyente ni un incrédulo, sino una criatura heterodoxa. Una mezcla de contable, penitente, visionario y superviviente. Alguien que ha dejado de pedir certezas y se conforma con señales. Que no espera abundancia, sino continuidad. Que no aspira tanto a prosperar como a enlazar un trimestre con el siguiente sin perder del todo la dignidad, la salud mental y la capacidad de emitir facturas sin temblor en la voz.

Ser autónomo, en el fondo, consiste en eso: en vivir instalado en una incertidumbre que sería insoportable si no mediara algún tipo de fe mínima. Aunque solo sea esa forma elemental, tozuda y casi cómica de la esperanza que consiste en abrir la banca online por la mañana, contener la respiración y pensar, contra toda evidencia: a ver, quizá hoy.

Y ahí reside la verdad última del asunto: el verdadero ateísmo, llevado hasta sus últimas consecuencias, es un lujo asalariado. Para ser autónomo en España hay que creer en algo. Aunque sea, modestamente, en que Dios aprieta, pero no siempre ahoga. O en que el universo, de vez en cuando, concede una prórroga.

Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.