Nosotros somos el futuro: responsabilidad como padres ante la ciencia

Se suele decir que los niños y los jóvenes son el futuro, lo cual es una obviedad biológica y sociológica: ellos serán adultos del mañana, cuando ese futuro se materialice. Pero rara vez el futuro se construye mañana. Lo que nosotros hagamos hoy resulta igualmente importante y sentará las bases de lo que ese futuro pueda ser. Si hablamos de educación, nos preocupan los vaivenes del sistema educativo, los contenidos, las asignaturas obligatorias o no, el fracaso escolar… Elementos muy importantes todos; pero siempre, y creo yo de forma interesada, dejamos al margen un elemento fundamental: los padres y las madres.

En las charlas que a veces imparto en centros educativos sobre menores y redes sociales, dirigidas a padres (y madres) siempre me encuentro actitudes de escepticismo ante la tecnología y expresiones como “todo eso no es para mí”, “no me interesa la tecnología”, “yo no tengo ni WhatsApp”, etc. Y yo siempre advierto que en tanto somos padres (y madres), no tenemos derecho a ser objetores de la tecnología. Del mismo modo que no podemos desconocer cómo es el mundo real para ayudar a nuestra prole a desenvolverse en él (ir a comprar solos, hacer sus propias gestiones administrativas, saber qué calles son seguras o menos, qué horarios son prudentes, etc.), tenemos la obligación de conocer el mundo digital para acompañarles de la misma forma (dar de alta sus perfiles de forma segura, manteniendo en secreto contraseñas, no caer en estafas de phishing o spam, no confiar en terceros que pueden no ser quien dicen ser). Y la forma de conocerlo es convertirnos nosotros mismos en usuarios de las distintas plataformas digitales, tener interés, saber “de qué va”.

Pero no iba a hablar hoy de esto, sino de algo que me inquieta e interesa aún más: la ciencia y el conocimiento científico.

A los padres (y a las madres) nos suele producir cierto orgullo que nuestros hijos (e hijas) sean buenos en matemáticas y ciencias. La ciencia en nuestro entorno goza de cierto prestigio, pero desde el respetuoso desconocimiento. Y esto es un problema, porque cuando no hay conocimiento el respeto es siempre dudoso.

Yo creo que los padres (y las madres) tenemos una responsabilidad para con nuestros hijos. Debemos alimentar nuestra cultura científica, intentando comprender un poco cómo funciona la ciencia y sus avances, el método científico, la evolución, etc. Y no difundir falsas creencias y bulos sin fundamento. No solo por no hacer el ridículo, que ya debería ser una motivación suficiente, sino por no ser un lastre (a menudo somos un auténtico yunque sobre sus cabezas) para la formación y cultura de nuestra prole. Si no se entiende cómo funciona la ciencia y su método, los conocimientos científicos aislados por sí mismos pueden funcionar como una creencia más. Y decir que nosotros “creemos” en la evolución o en la esfericidad de la Tierra frente a la creencia en la creación o en la Tierra plana. Cuando en realidad se trata de entender cuándo algo es una evidencia y porqué lo es.

Nuestros hijos pueden tener a los mejores maestros del mundo, pero si al volver a casa les esperan unos ignorantes todo se hace cuesta arriba. Reivindicamos que “nuestros hijos son nuestros”, vale; pero si luego este derecho lo ejercemos enseñándoles que el hermano pequeño tiene fiebre porque le han echado mal de ojo, o enseñando a ser intolerantes, para ese viaje no es menester alforjas.

Yo no soy científico. Heredé de mi padre, sí, la curiosidad por los avances científicos y tecnológicos y por la ciencia como instrumento de iluminación frente a la oscuridad de las creencias irracionales y como herramienta para el avance de la humanidad. Luego estudié letras puras en el instituto y después mi carrera fue Derecho. Pero aparte de que estos temas me siguen interesando, intento entender el porqué y el cómo de los avances científicos, entre otras cosas porque tengo hijos. Y no quiero ser cómplice de su embrutecimiento y que luego, si alguna vez la curiosidad les lleva más lejos que a mí, hacia una verdadera formación científica, tengan que “desprogramarse” y desprenderse de toda una capa de supersticiones, falsos mitos y falacias que yo mismo les haya inculcado.

Y como cierre os dejo con la traducción de un artículo al respecto de alguien que sabe tanto como a mí me gustaría saber, y se explica como a mí me gustaría explicarme:

Lo que es la ciencia, cómo y por qué funciona. Por Neil DeGrasse Tyson

Si eliges algunas verdades científicas de modo selectivo con el propósito de lograr beneficios culturales, económicos, religiosos o políticos, estás socavando los fundamentos de una democracia informada.

La ciencia se distingue de todas las demás ramas del conocimiento humano por su capacidad de sondear y comprender el comportamiento de la naturaleza a un nivel que nos permite predecir con precisión, y a veces controlar, los resultados de fenómenos del mundo natural. La ciencia mejora nuestra salud, riqueza y seguridad, impactando hoy a más gente que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad.

El método científico detrás estos logros puede resumirse en una frase, la cual se refiere exclusivamente a la objetividad:

Hacer lo que sea necesario para evitar engañarse a sí mismo pensando que algo es verdad cuando no lo es, o que algo no es cierto cuando en realidad lo es.

El uso de este concepto como forma de adquirir conocimiento no se arraigó hasta principios del siglo XVII, poco después de las invenciones del microscopio y el telescopio. El astrónomo Galileo y el filósofo Sir Francis Bacon estuvieron de acuerdo: realizar experimentos para probar una hipótesis y asignar su confianza en función a la fuerza de las evidencias. Desde entonces, aprenderíamos más adelante a no reclamar el conocimiento de una verdad recién descubierta hasta que múltiples investigadores, y en última instancia la mayoría de los investigadores, hayan obtenido resultados consistentes entre sí.

Este código de conducta tiene consecuencias notables. No hay ninguna ley que prohíba publicar resultados equivocados o sesgados. Pero el costo por hacerlo es alto. Si tu investigación es revisada por colegas y nadie puede duplicar tus hallazgos, la integridad de tus trabajos en investigación quedará bajo sospecha. Si cometes un fraude, como es el de falsificar datos, y los investigadores posteriores sobre el tema lo descubren, tal revelación terminará con tu carrera.

Es así de simple.

Este sistema interno de auto-regulación que opera en la ciencia puede ser único entre las profesiones y no necesita del público, la prensa o los políticos para funcionar. Aún asi puede resultar fascinante ver cómo funciona este mecanismo. Para ello, basta con observar el flujo de trabajos de investigación publicados en revistas científicas con el aval de comités de revisión. En ocasiones, este lugar de cría de descubrimientos también se convierte en un campo de batalla donde la controversia científica se pone al descubierto.

La ciencia descubre verdades objetivas. Las mismas no son establecidas por ninguna autoridad predeterminada ni por ningún documento de investigación. La prensa, en un intento por lograr la primicia de una historia, puede engañar a la opinión pública acerca de cómo funciona la ciencia, al caratular un artículo científico recién publicado como “la verdad”, también quizás destacando el historial académico de los autores. De hecho, cuando se trabaja en la frontera del conocimiento (la cual es de naturaleza movediza), no existen verdades establecidas, por lo que los resultados de la investigación pueden conducir a cualquier lugar. Esto es así hasta que los experimentos terminan convergiendo en una dirección u otra – o en ninguna, en cuyo caso se confirma la ausencia del fenómeno.

Una vez que se establece una verdad objetiva por estos métodos, estudios posteriores no lo desmienten. No volvemos a la cuestión de si la Tierra es redonda; si el sol está caliente; si los seres humanos y los chimpancés comparten más del 98 por ciento de ADN; o si el aire que respiramos está compuesto por un 78% de nitrógeno.

La era de la “física moderna”, que se inició con la revolución cuántica de principios del siglo XX y la revolución de la relatividad, no descartó las leyes de Newton sobre el movimiento y la gravedad. Lo que hizo fue describir realidades más profundas de la naturaleza, exponiéndolas con mayor claridad con ayuda de métodos y herramientas de investigación más avanzados. Lo que hizo la física moderna fue limitar la física clásica a un caso especial de estas verdades más amplias. En los únicos casos donde la ciencia no puede asegurar verdades objetivas es cuando la misma se encuentra en la frontera pre-consenso de la investigación. La única vez que no pudo hacerlo fue antes del siglo 17, cuando nuestros sentidos, todos ellos inadecuados y sesgados, eran las únicas herramientas que teníamos a nuestra disposición para informarnos de lo que era y no era cierto en nuestro mundo.

Las verdades objetivas existen fuera de tu percepción de la realidad, como el valor de pi; E = mc2; velocidad de rotación de la Tierra; y que el dióxido de carbono y el metano son gases de efecto invernadero. Cualquier persona puede verificar estas afirmaciones, en cualquier momento y en cualquier lugar. Éstas afirmaciones son verdades, aunque creas o no en ellas.

Mientras tanto, las verdades personales son las que puedes atesorar pero que no tienes forma de convencer a otros que están en desacuerdo, excepto por la acalorada discusión, la coerción o por la fuerza. Estos son los fundamentos de la mayoría de las opiniones de la gente. ¿Es Jesús tu salvador? ¿Fue Mahoma el último profeta de dios en la Tierra? ¿Debe el gobierno apoyar a la gente pobre? ¿Es Beyoncé una reina cultural? ¿Kirk o Picard? Las diferencias de opiniones definen la diversidad cultural de una nación y deben ser apreciadas en cualquier sociedad libre. A ti no tiene que agradarte el matrimonio gay. Nadie te obligará a casarte. Sin embargo, crear una ley que impida que los conciudadanos lo hagan es equivalente a imponer verdades personales a otros. Los regímenes políticos que intentan exigir que otros compartan sus verdades personales son, en casos extremos, dictaduras.

Nótese además que en la ciencia, la conformidad es un anatema para el éxito. Para los científicos que intentan avanzar en su carrera resultan irrisorias las persistentes acusaciones de que todos están tratando de ponerse de acuerdo. La mejor manera de hacerse famoso es introduciendo una idea que es contraria a la que prevalece en el ámbito de la investigación y que en última instancia se acepta en base a observaciones y experimentos. Esto asegura un desacuerdo saludable en todo momento mientras se trabaja en el borde sangrante del descubrimiento.

En el año 1863, cuando tenía asuntos más urgentes para atender, Abraham Lincoln (el primer presidente republicano) firmó la existencia de la Academia Nacional de Ciencias, basada en un Acta del Congreso. Este augusto organismo proporcionaría consejos independientes y objetivos a la nación sobre asuntos relacionados con la ciencia y la tecnología.

Hoy en día, otras agencias gubernamentales con misiones científicas cumplen propósitos similares, incluyendo la NASA, que explora el espacio y la aeronáutica; NIST, que explora las normas de medición científica en las que se basan todas las demás mediciones; DOE, que explora la energía en todas las formas utilizables; y NOAA, que explora el tiempo y clima de la Tierra.

Estos centros de investigación, así como otras fuentes confiables de ciencia publicada, pueden capacitar a los políticos y permitir que lleven a cabo un gobierno ilustrado e informado. Pero esto no sucederá hasta que los responsables y las personas con capacidad de voto lleguen a comprender cómo y por qué funciona la ciencia.

Sobre el autor: Neil deGrasse Tyson, autor del libro StarTalk y Bienvenido al Universo (entre otros), es astrofísico dentro del Museo Americano de Historia Natural. Su programa de radio StarTalk se convirtió en el primer programa de televisión basado en la ciencia, ahora en su tercera temporada con el Canal del National Geographic.

Traductor: Eduardo Setti

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