Hay padres que miran a sus hijos como quien mira una segunda temporada. La misma serie, mejor producida, con el reparto corregido y los errores de guion ya resueltos. Cuando los logros del hijo llegan, el padre los celebra con una intensidad que a veces supera la que dedicó a los propios, y ahí, en ese exceso, hay una pista: lo que se celebra no es solo el logro del hijo, sino la posibilidad de que ese logro repare algo que el padre dejó sin reparar. El hijo no está construyendo su futuro. Está, sin que nadie le haya pedido permiso, enmendando el pasado de otro.

La psicología tiene términos para esto, y probablemente categorías más finas que las que yo voy a manejar aquí. Pero a mí me interesa menos el mecanismo clínico que la imagen que el lenguaje nos ofrece para nombrarlo, y la literatura artúrica lleva narrando esta tentación desde hace ochocientos años mejor que ninguna terminología contemporánea. La llamo, por eso, el síndrome de Lanzarote.
La historia es conocida pero debemos recordarla en su forma exacta: Lanzarote del Lago es el Preux Chevalier, el primero entre los caballeros de la Mesa Redonda, capaz de partir en dos al pérfido Meliagante con una mano atada a la espalda. Y sin embargo no alcanza el Grial. Apenas lo entrevé, un instante, antes de que la visión se le niegue. La razón que ofrece la Vulgata, y que Malory traslada casi sin alterar a su Le Morte d’Arthur, no tiene que ver con el valor ni con la destreza: tiene que ver con la pureza. Lanzarote ama a la reina de su señor. Ese pecado, por más que esté envuelto en la dignidad trágica del amor cortés, le clausura el acceso a lo sagrado.
El relato resuelve esa clausura de la manera más limpia posible: no es Lanzarote quien llega al Grial, sino su hijo Galahad. Mismas virtudes, mismo linaje, mismo nombre de armas heredado, pero sin la mancha. Galahad triunfa donde su padre fracasó, y durante siglos esa ha sido la lectura edificante de la escena: el hijo puede completar lo que el padre dejó pendiente, siempre que no repita su error.
Es exactamente esa lectura la que conviene desmontar, porque ahí empieza el síndrome, no termina. Pedirle al hijo que sea Galahad y redima con su pureza la mancha del padre es la forma más evidente del síndrome de Lanzarote, y probablemente la más fácil de detectar y de evitar una vez nombrada. El padre contemporáneo no necesita haber leído la Vulgata para actuar así; le basta con haber aprendido el discurso correcto sobre no proyectarse en los hijos. Sabe que su hijo no le debe ninguna redención, que su Grial, si lo encuentra, no será el cáliz que él mismo entrevió sin merecerlo en aquella capilla del bosque. Hasta aquí, el diagnóstico es correcto. Y hasta aquí, también, es insuficiente.
Porque Galahad, leído con algo de atención, no es tanto un personaje como una función narrativa. La Vulgata apenas le concede interioridad: no duda, no peca, no se equivoca, no tiene un deseo que no sea el deseo mismo del Grial. Su pureza no es una conquista suya, una virtud ejercida contra la tentación, como sí lo es, al menos parcialmente, la de otros caballeros. Es una pureza por sustracción: Galahad es puro porque no ha sido manchado por los pecados de su padre, lo cual significa que su identidad entera se define en relación a esos pecados, solo que por la vía negativa. No hereda el adulterio de Lanzarote; hereda, en su lugar, la ausencia de adulterio de Lanzarote. Sigue siendo, en el fondo, una respuesta a la biografía paterna. Una respuesta perfecta, pero una respuesta.
Aquí es donde el padre contemporáneo, el que ya ha hecho los deberes y ha decidido no convertir a su hijo en redentor, puede tropezar con una versión más sutil del mismo problema. Porque negarse a proyectar los propios pecados en el hijo y decidir activamente que el hijo no será el instrumento de ninguna reparación, sigue siendo definirlo en relación al padre. Solo que ahora la relación se ha invertido: en vez de «que complete lo que yo no pude», el gesto es «que no repita lo que yo hice mal». Y ese segundo gesto, que parece una liberación, conserva la misma estructura que pretende cancelar. El hijo sigue sin tener una historia propia. Tiene, otra vez, la historia del padre, leída en negativo.
No hay manera fácil de salir de esa trampa, y no vamos a fingir que la hay. Decir «déjale que siga su propio camino» es verdadero, pero es también la clase de frase que cualquier padre puede pronunciar sin dejar nunca de mirar el camino del hijo a través del suyo propio, comparando, midiendo distancias, calculando si se aleja lo suficiente de los errores que uno cometió o si, por el contrario, se acerca demasiado a ellos. La intención de no convertir al hijo en Galahad no garantiza que se logre. A veces basta con haber leído la advertencia para empezar a aplicarla mal.
Queda, además, una vuelta de tuerca que afecta al propio texto que el lector tiene delante. Escribir esto y convertir la observación de un padre sobre su hijo en un artefacto literario con armazón artúrico, citas a la Vulgata y a Malory, con cierta estructura de ensayo, es también una forma de narrar al hijo desde la biografía del padre. El hijo de carne y hueso no ha pedido figurar en ninguna alegoría medieval. La pregunta que queda abierta, entonces, no es solo si existe una manera de mirar al hijo fuera de cualquier relato de Grial, ni heredado ni negado expresamente. Es si el lenguaje mismo, ese gesto de nombrar, comparar, mitificar, incluso para advertir contra la mitificación, puede alguna vez dejar en paz a quien describe, o si toda descripción, por bien intencionada que sea, es ya una forma distinta de no dejarle del todo libre.
Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.
Este artículo tiene una continuación en El grial del padre ausente.

