Estado de sitio: el Imperio del Fuego del Coronavirus

En ‘El Imperio del Fuego’ (Rob Bowman, 2002), el descubrimiento accidental de un dragón, tras su letargo de siglos, en la era contemporánea, conlleva veinte años de reclusión bajo tierra para todos los supervivientes, quedando la superficie para estas bestias medievales.

De todos los temas de la literatura, uno de los primeros (por habitual en la antigüedad) es el de la ciudad sitiada, central en La Ilíada de Homero. No es casual, creo yo, que el regreso del héroe a casa (“¿a una nueva normalidad?” podríamos preguntarnos) sea el segundo, en La Odisea.

En nuestro mundo actual, azotado por la pandemia de Covid-19, tenemos tal sensación de control de las circunstancias externas que aún no parecemos darnos cuenta de que estamos en una situación bastante parecida a la del Imperio del Fuego. Hemos despertado a un dragón y está ahí fuera, solo que invisible, más parecido quizá a los monstruos del Id de Planeta Prohibido (Fred M. Wilcox, 1956). Pero la realidad es esta: vivimos en la ciudad sitiada.

Digo esto porque nos enzarzamos en discusiones sobre el estado de alarma, su aplicación o no, su prórroga o no, cuando realmente la discusión debería ser: ¿cómo enfrentar el estado de sitio ‘de facto’ al que nos tiene sometido el coronavirus?

En este contexto, TODOS, gobierno y oposiciones varias, están obligados a una exposición clara de las medidas propuestas, porque no es válida ni la imposición sin más, ni la oposición sin más. Unas y otras deben conllevar un memorando de propuestas y actuaciones. Ojo, posibles y realizables, y sobre la base de una realidad insoslayable: los dragones siguen ahí fuera.

Ante todo seamos sinceros: la llamada “nueva normalidad” no será un entorno idílico en el que volveremos a nuestra vida esquivando graciosamente al coronavirus. Será un futuro de mierda (de duración indeterminada) en el que aceptaremos convivir con una tasa asumible de enfermedad y muerte para intentar recuperar parte de nuestras vidas, en condiciones de mayor precariedad y miseria de las que conocimos.

Debemos ser conscientes, como sociedad, pero para ello los distintos representantes políticos deben comportarse como adultos y tratarnos como adultos, de que todas las medidas a tomar tienen un coste. Se acabó la fantasía de control de nuestras sociedades modernas, todos los países del mundo estamos en un tablero gigante de la Teoría de los Juegos: hay una balanza donde en un platillo hay muertos y en otra está nuestra vida y nuestra economía, entre unos y otros debemos encontrar el equilibrio, pero de forma que luego los costes no nos los tiremos todos a la cabeza.

Si los dragones continúan ahí, que lo hacen, eso quiere decir que todas las acciones de “desescalada” tendrán un coste de vidas humanas. ¿Cuál? Pues parece que el que los servicios sanitarios puedan gestionar sin colapsar. Así de sencillo, así de terrible. Porque la vuelta a las actividades, el enfrentarse a circunstancias de dificultad de la conciliación familiar y laboral (volviendo a tirar de abuelos, de cuidadores que entran y salen de las casas), el ocio en los bares, aumentando contactos y reduciendo de nuevo el distanciamiento, tendrá un coste.

Por todo ello es imprescindible que haya acuerdo en las medidas a adoptar, pero sobre todo un acuerdo sobre la asunción de esos costes, que están ahí. Todos los que votan sí o no al estado de alarma, a unas medidas u otras, tienen su cuota de responsabilidad, siendo esta una responsabilidad necesaria que no puede automáticamente transformarse en culpabilidad. Porque no hay vías inocuas de salida, no hay manera de salir indemnes de esto.

Uno de mis cuentos favoritos de la infancia es una fábula de Tomás de Iriarte, “Los dos conejos”. Dice así:

Por entre unas matas,

seguido de perros,

-no diré corría-,

volaba un conejo.

De su madriguera

salió un compañero,

y le dijo: “Tente,

amigo; ¿qué es esto?”

“¿ Qué ha de ser?” –responde-;

sin aliento llego…

Dos pícaros galgos

me vienen siguiendo.”

“Sí -replica el otro-,

por allí los veo…

Pero no son galgos.”

“¿Pues qué son?” “Podencos.”

“¿Qué? ¿Podencos dices?

Sí, como mi abuelo.

Galgos y muy galgos,

bien visto los tengo.”

“Son podencos, vaya,

que no entiendes de eso.”

”Son galgos, te digo.”

”Digo que podencos.”

En esta disputa,

llegando los perros

pillan descuidados

a mis dos conejos.

Los que por cuestiones

de poco momento

dejan lo que importa,

llévense este ejemplo.

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