Volver al instituto

Sobre el conocimiento, los viejos profesores y una aventura intelectual llamada Conversaciones desde el Infante.

Durante muchos años, cuando alguien me preguntaba qué era lo que más me gustaba de trabajar en publicidad, respondía algo que probablemente resultaba desconcertante: que era como volver al instituto.

Después de la universidad, donde el conocimiento se vuelve progresivamente específico y especializado, la publicidad me había devuelto a una especie de bachillerato interminable. Una semana tenía que aprender cómo funcionaba una fábrica de tornillos, comprender sus procesos industriales, sus productos y sus mercados. La siguiente podía encontrarme estudiando una enfermedad, sus implicaciones sociales y los obstáculos que dificultaban una campaña de concienciación.

Había que aprender de todo. Y, además, hacerlo con una finalidad muy concreta: comprender suficientemente bien una realidad desconocida para ser capaz de explicársela a otros.

Me gustaban las dos cosas. Descubrir territorios nuevos del conocimiento y encontrar la manera de hacerlos inteligibles.

Con los años he llegado a pensar que aquella experiencia profesional encerraba una idea sobre la educación y el conocimiento bastante más importante de lo que entonces suponía.

La universidad representa una conquista intelectual, pero también una renuncia. Para profundizar en una disciplina debemos abandonar muchas otras. El estudiante de Derecho deja atrás la biología, la física o las matemáticas. El de Medicina probablemente no volverá a estudiar sistemáticamente historia de la filosofía. La especialización permite alcanzar profundidades extraordinarias, pero también fragmenta nuestra relación con el conocimiento.

El instituto, en cambio, es probablemente el último lugar en el que se nos propone una visión relativamente completa del mundo. No demasiado profunda, naturalmente, pero sí extraordinariamente amplia. Todavía podemos pasar de la Revolución francesa a las ecuaciones de segundo grado, de la fotosíntesis a Kant, sin necesidad de justificar qué tiene que ver una cosa con otra.

Todo tiene que ver con todo. Aunque todavía no sepamos exactamente cómo.

Un encuentro en la calle

Hace aproximadamente un año me encontré casualmente por la calle con Jesús Fernández, que había sido profesor mío en el Instituto Infante Don Juan Manuel de Murcia.

Hay encuentros que parecen perfectamente triviales hasta que el tiempo se encarga de demostrar lo contrario.

Jesús pertenece a esa clase de profesores que nunca terminan de abandonar la enseñanza. No porque continúen necesariamente impartiendo clases, sino porque conservan una determinada manera de relacionarse con el mundo: siguen haciéndose preguntas, buscando interlocutores, proponiendo proyectos y, sobre todo, contagiando a otros su curiosidad.

De aquel encuentro surgió mi vinculación con una iniciativa que Jesús llevaba tiempo impulsando y que hoy comienza a adquirir una forma reconocible: Conversaciones desde el Infante.

La idea, en apariencia, es sencilla. Reunir a antiguos profesores, alumnos y personas procedentes de distintos ámbitos profesionales y académicos para conversar sobre algunas de las grandes cuestiones de nuestro tiempo.

Pero la sencillez de la formulación es engañosa. No se trata de organizar una sucesión de conferencias en las que distintos especialistas expongan sus conocimientos ante un público más o menos interesado. Tampoco de reproducir esas tertulias en las que todo el mundo opina de cualquier cosa con independencia de lo que sepa.

La ambición es bastante mayor: construir un espacio de diálogo interdisciplinar en el que los conocimientos especializados puedan encontrarse, contrastarse y enriquecerse mutuamente.

Y hacerlo, precisamente, desde un instituto.

El conocimiento no entiende de departamentos

Vivimos en una época paradójica. Nunca habíamos acumulado tanto conocimiento y, al mismo tiempo, resulta cada vez más difícil disponer de una visión general de lo que sabemos.

La especialización científica y académica ha alcanzado niveles extraordinarios. Es una de las razones fundamentales del progreso de los últimos siglos. Pero también ha producido una creciente compartimentación del saber.

Un biólogo puede desconocer las implicaciones filosóficas de sus investigaciones. Un jurista puede regular tecnologías cuyo funcionamiento apenas comprende. Un ingeniero puede desarrollar sistemas que transformarán profundamente las relaciones sociales sin disponer de las herramientas conceptuales necesarias para anticipar sus consecuencias.

No es un reproche a los especialistas. Nadie puede saberlo todo.

El problema aparece cuando confundimos la necesaria especialización del conocimiento con la posibilidad de comprender la realidad exclusivamente desde una especialidad. Porque la realidad no está organizada en facultades universitarias.

El cambio climático no es solamente un problema de física atmosférica. La salud no pertenece exclusivamente a la medicina. La inteligencia artificial no es únicamente una cuestión de informática. Y los grandes conflictos de nuestro tiempo no pueden comprenderse adecuadamente desde una sola disciplina.

Hace más de sesenta años, C. P. Snow describió la fractura entre las dos culturas, la científica y la humanística. Aquella separación no ha desaparecido. En algunos aspectos, la extraordinaria sofisticación de los saberes contemporáneos la ha hecho todavía más difícil de superar.

Conversaciones desde el Infante nace, precisamente, de la voluntad de tender puentes.

No pretende sustituir el conocimiento especializado por una especie de enciclopedismo superficial. Al contrario: necesita especialistas capaces de aportar el rigor de sus respectivas disciplinas. Pero también necesita que esos especialistas estén dispuestos a escuchar preguntas formuladas desde otros territorios intelectuales.

Porque, en ocasiones, la pregunta más interesante para un científico puede proceder de alguien que no comparte su formación. Y la perspectiva más reveladora para un jurista puede encontrarse en la historia, la psicología o la literatura.

La interdisciplinariedad no consiste en que todos sepamos un poco de todo. Consiste en que seamos capaces de pensar juntos aquello que ninguno de nosotros puede comprender completamente por separado.

Una conversación que quiere convertirse en proyecto

Lo que comenzó como una propuesta de Jesús ha ido reuniendo a un grupo de personas vinculadas, de una u otra manera, al Infante. Antiguos profesores y alumnos, investigadores universitarios, profesionales de distintas disciplinas y personas interesadas en recuperar una determinada forma de conversación intelectual.

El proyecto ha comenzado a dotarse de una estructura de trabajo. La idea es organizar ciclos de mesas redondas alrededor de bloques temáticos coherentes, con una coordinación académica que garantice tanto la calidad de las intervenciones como la relación entre las distintas perspectivas.

No se busca una colección de intervenciones inconexas, sino conversaciones que permitan desarrollar una reflexión con continuidad.

También existe la voluntad de que el trabajo no termine cuando se apaguen los micrófonos. Que las mesas puedan generar textos, publicaciones y otros materiales capaces de prolongar la conversación y llevarla más allá de quienes hayan podido asistir presencialmente.

Y hay un aspecto que me parece especialmente valioso: la vinculación con la comunidad educativa.

Un instituto no es solamente un edificio en el que se imparten asignaturas y se celebran exámenes. Puede ser también un lugar desde el que se proyecta cultura hacia la sociedad. Un espacio de encuentro entre generaciones, entre quienes enseñaron y quienes aprendieron, entre el conocimiento académico y la experiencia profesional.

La idea tiene, además, algo profundamente hermoso: que antiguos alumnos regresen al lugar donde comenzaron a descubrir el mundo, no para recibir una lección, sino para participar en una conversación con quienes fueron sus profesores.

No sé si existe una forma más estimulante de entender la continuidad de la educación.

La humanidad después del humanismo

Mi implicación en el proyecto se está concentrando especialmente en uno de los ámbitos que más me interesan desde hace años: la transformación de nuestra idea de humanidad ante los cambios científicos y tecnológicos contemporáneos.

La cuestión puede formularse de una manera relativamente sencilla: ¿qué significa ser humanista cuando las máquinas comienzan a desarrollar capacidades que durante siglos consideramos exclusivamente humanas?

Pero la pregunta conduce inmediatamente a otras mucho más complejas.

Durante siglos hemos construido buena parte de nuestra concepción del ser humano sobre determinadas capacidades: la razón, el lenguaje, la creatividad, la conciencia, la facultad de elaborar representaciones del mundo y transmitirlas a otros. Ahora estamos desarrollando sistemas artificiales capaces de producir lenguaje complejo, resolver problemas, generar imágenes, elaborar argumentos y participar en actividades que hasta hace muy poco considerábamos patrimonio exclusivo de nuestra especie.

Eso no significa que sean personas, que posean conciencia o que experimenten subjetivamente el mundo. No disponemos de fundamentos suficientes para afirmarlo.

Pero tampoco sabemos si esas fronteras permanecerán inalteradas.

Y aquí me interesa introducir una pequeña provocación intelectual: por ahora.

Las máquinas no son personas. Por ahora. No hemos demostrado que tengan conciencia. Por ahora. No reconocemos en ellas sujetos de derechos equiparables a los humanos. Por ahora.

Ese matiz no pretende anticipar conclusiones científicas ni jurídicas. Pretende impedir que convirtamos nuestra situación presente en una verdad definitiva sobre el futuro.

Quizá dentro de algunas décadas tengamos que revisar conceptos que hoy nos parecen perfectamente asentados. Quizá incluso la palabra humanismo llegue a adquirir connotaciones que actualmente nos resultan difíciles de imaginar, si alguna vez debemos reconocer formas de subjetividad o de inteligencia moralmente relevantes que no pertenezcan a nuestra especie.

O quizá descubramos que existen diferencias fundamentales que justifican mantener esas distinciones. Precisamente por eso merece la pena conversar.

La cuestión no puede resolverse exclusivamente desde la informática, la neurociencia, la filosofía o el Derecho. Necesita de todas ellas. Y también de la historia, la antropología, la literatura y otras disciplinas que llevan siglos interrogándose sobre qué somos y cómo nos representamos a nosotros mismos.

Hay una idea que me resulta particularmente estimulante: somos posteriores a los antiguos humanistas, pero precursores de quienes tendrán que pensar el humanismo del futuro.

Conocemos cosas que aquellos ignoraban. Nuestros descendientes conocerán otras que nosotros ni siquiera podemos imaginar.

Nuestra responsabilidad no consiste en proporcionar respuestas definitivas a preguntas que todavía están formulándose. Consiste en intentar formularlas bien.

Ese es, al menos, el espíritu con el que estoy trabajando en este bloque de conversaciones.

Aprender de nuevo a aprender

Hay otra razón por la que este proyecto me interpela personalmente.

Mi trayectoria profesional no ha sido precisamente lineal. He trabajado durante muchos años en publicidad y comunicación, después me incorporé al ejercicio de la abogacía y he mantenido, en paralelo, una actividad vinculada a la docencia y la escritura.

Durante bastante tiempo pude interpretar esa diversidad como una sucesión de etapas profesionales. Hoy tiendo a verla de otra manera.

Quizá exista un hilo conductor más profundo: el interés por comprender problemas distintos, relacionar conocimientos y encontrar formas de explicarlos.

La publicidad me enseñó a entrar en territorios desconocidos y descubrir lo que resultaba significativo en ellos. El Derecho me obligó a comprender que no basta con construir un relato convincente: ese relato debe responder a unos hechos, unas pruebas y unas reglas. La docencia me ha recordado que comprender algo y ser capaz de enseñarlo son actividades relacionadas, pero no idénticas.

Y la escritura me ha permitido explorar preguntas que no necesitan un cliente, una campaña o un expediente que las justifique.

En los últimos años, además, la inteligencia artificial ha abierto posibilidades extraordinarias para esa forma de curiosidad intelectual. Hoy podemos aproximarnos a disciplinas ajenas, contrastar conceptos y explorar relaciones entre conocimientos con una facilidad que habría resultado difícil de imaginar hace muy poco.

Naturalmente, esa facilidad encierra también un peligro: confundir la capacidad de obtener explicaciones con la posesión de conocimiento. Poder conversar sobre física cuántica no nos convierte en físicos, del mismo modo que leer una sentencia no nos convierte en juristas.

Pero bien utilizada, la tecnología puede ayudarnos a recuperar algo que la especialización profesional había ido restringiendo: una relación abierta, exploratoria y permanente con el conocimiento.

En cierto modo, volver al instituto.

Los profesores que nunca dejan de enseñar

No quisiera terminar sin regresar a Jesús.

Cuando nos encontramos casualmente en la calle, hace aproximadamente un año, no podía imaginar que aquella conversación acabaría llevándome a participar en un proyecto de estas características.

Hay algo singular en reencontrarse con un antiguo profesor cuando ambos han recorrido ya una parte considerable de sus vidas.

La relación ha cambiado, naturalmente. Ya no existe aquella distancia entre quien enseña y quien aprende. Podemos discutir, discrepar, intercambiar lecturas y desarrollar proyectos comunes.

Pero permanece algo esencial: la curiosidad que el profesor supo despertar y que, en cierto modo, continúa alimentando.

A veces pienso que Jesús tiene algo de Merlín el Encantador. Pero sería injusto atribuirle en exclusiva la magia. Durante los años ochenta y noventa, el Infante reunió a un elenco de profesores que, recurriendo a una referencia de mi educación sentimental, constituían una especie de Vengadores de la enseñanza. Cada uno con sus poderes particulares, sus disciplinas, sus personalidades y sus maneras de entender la docencia. Auténticos superhéroes del conocimiento que consiguieron deslumbrar a varias generaciones de estudiantes.

De aquellas aulas salieron futuros biólogos, médicos, investigadores y científicos de muy distintas especialidades. Pero también profesionales de las humanidades, las ciencias sociales y las más variadas actividades. Y algunos que, como quien escribe estas líneas, seguimos considerándonos modestos peatones humanistas, curiosos impenitentes que recorremos los caminos del conocimiento sin pertenecer del todo a ninguna de sus grandes órdenes académicas.

Quizá lo más extraordinario de aquellos profesores no fuera solamente lo mucho que sabían, sino su capacidad para transmitirnos que saber merecía la pena. Que el conocimiento podía ser apasionante por sí mismo, incluso cuando no servía para aprobar un examen, obtener un título o ejercer una profesión. Jesús fue uno de aquellos profesores. Y ahora, varias décadas después, vuelve a reunir a algunos de sus antiguos alumnos alrededor de una mesa. No para repetir las lecciones de entonces, sino para continuar una conversación que, en realidad, nunca terminó.

Jesús me ha contado cómo, en otra etapa de la historia del Infante, un grupo de profesores fue capaz de imaginar un proyecto educativo a largo plazo, organizar sus relevos y construir algo que no dependiera exclusivamente de una persona. Me parece una lección extraordinaria sobre la verdadera naturaleza de la educación y de las instituciones.

Los proyectos valiosos no necesitan héroes imprescindibles. Necesitan personas capaces de ponerlos en marcha, compartirlos y permitir que otros los continúen.

Tal vez Conversaciones desde el Infante tenga también algo de eso.

No sé todavía hasta dónde llegará esta iniciativa. Estamos trabajando en su desarrollo, definiendo contenidos, buscando interlocutores y dando forma a una estructura que permita sostenerla en el tiempo.

Pero hay algo que ya me parece suficientemente valioso: un grupo de personas de distintas generaciones y procedencias ha decidido reunirse para pensar conjuntamente sobre el mundo.

Sin necesidad de compartir todas las respuestas. Ni siquiera todas las preguntas.

Y hacerlo desde el instituto en el que muchos comenzamos a descubrir que el mundo era demasiado grande, complejo e interesante para encerrarlo en una sola asignatura.

Durante años pensé que lo que más me gustaba de la publicidad era que me permitía volver al instituto. Ahora creo que lo que me gustaba era que me permitía seguir estudiándolo todo.

Y resulta que, después de tanto tiempo, he terminado volviendo de verdad. Esta vez, para conversar.

Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.