Fútbol sin dioses

Viví al margen del fútbol durante casi cuarenta años. No fui de los niños que memorizaban alineaciones o discutían en el recreo si era mejor Maradona o Cruyff: mi educación sentimental transcurrió por otros caminos, los libros, el cine, los cómics, la música. El fútbol era territorio ajeno.

Paradójicamente, han sido mis hijos, enormemente futboleros, quienes me han enseñado a mirarlo de otra manera. Ellos me descubrieron que un partido puede ser mucho más que un espectáculo deportivo, que puede ser un relato, y que en todo relato lo interesante no es solo quién gana, sino qué historia se está contando.

La selección española lleva casi dos décadas narrando una historia poco habitual en el deporte profesional, y quizá por eso me resulta tan atractiva: es un fútbol sin dioses. No porque carezca de grandes futbolistas, que los tiene, algunos extraordinarios, sino porque ninguno de ellos ocupa el centro del relato. El protagonista nunca es un individuo, es una idea. En un tiempo en que casi todo gira alrededor del liderazgo carismático, de la figura providencial, del genio irrepetible que parece resolverlo todo por sí solo, España lleva años proponiendo justo lo contrario, que el talento existe, sí, pero solo alcanza su plenitud cuando se pone al servicio del conjunto. Por eso este equipo me recuerda más a Karate Kid que a las grandes epopeyas clásicas: en aquellas películas de los ochenta los héroes no vencían por ser más fuertes, sino porque aprendían disciplina, cooperación, autocontrol, chavales corrientes frente a adversarios aparentemente superiores. No hacía falta un semidiós. Bastaba con una persona dispuesta a mejorar.

Hay selecciones cuyo imaginario funciona de otro modo. Pienso inevitablemente en Argentina, que vive el fútbol como una religión civil. No es una crítica, probablemente sea una de las razones de su extraordinaria fuerza simbólica: toda religión necesita una encarnación, un santo, un elegido, y durante décadas ese lugar lo ocupó Maradona, y después Messi. No fueron únicamente los mejores jugadores del mundo, fueron depositarios de una esperanza colectiva, y alrededor de ellos surgieron las liturgias, las peregrinaciones, las reliquias, los relatos de redención, las discusiones teológicas que solo existen cuando una comunidad convierte a una persona en símbolo de sí misma. Hay algo de mecanismo sacrificial en ese proceso, en el sentido en que Girard describía la necesidad de las comunidades de depositar en una sola figura aquello que no pueden gestionar de otro modo, la culpa, la esperanza, la redención pendiente. El fútbol argentino necesita creer, tener a alguien en quien depositar la carga. El español parece preferir confiar, saber que los demás estarán donde deben estar cuando llegue el momento. La diferencia entre esperar a que alguien aparezca y confiar en que el otro ya está ahí, aunque parezca sutil, es en realidad la que separa dos formas completamente distintas de organizar una esperanza colectiva.

Por eso, cuando veo jugar a España, no pienso en Aquiles, pienso en Ulises. Aquiles es el héroe absoluto, la fuerza incomparable, el individuo cuyo talento decide el destino de los demás, el material con el que Campbell construyó el molde del monomito, un único protagonista que desciende, se transforma y regresa transfigurado. Ulises, en cambio, jamás habría conquistado Troya solo. Necesita compañeros, necesita estrategia, necesita comprender que la inteligencia distribuida vale más que la fuerza concentrada, y ese es precisamente el tipo de relato que el molde del héroe único no sabe contar bien, porque no tiene un solo nombre al que aferrarse. La selección española juega como jugaría Ulises. Cada pase es una conversación, cada desmarque supone confiar en que otro comprenderá exactamente lo que se intenta hacer, y cada jugador parece aceptar que su mayor virtud consiste precisamente en no necesitar ser el protagonista.

Eso convierte el fútbol en una forma de inteligencia colectiva, y sospecho que esa es una de las ideas más valiosas que puede transmitir un deporte en el siglo XXI. Vivimos fascinados por los salvadores, los buscamos en la política, en la empresa, en la tecnología, incluso en nuestra vida cotidiana, siempre imaginando que la solución llegará de la mano de una personalidad excepcional, cuando casi todas las grandes obras humanas, la ciencia, la democracia, las universidades, las ciudades, internet, nacieron en realidad de miles de inteligencias cooperando y no de un único genio.

España ha ganado uno a cero, con el mismo juego coherente de siempre frente a un rival que eligió jugar bronco. Pero el marcador, en realidad, es lo de menos. Lo que me interesa es otra cosa: si un relato colectivo, sin elegido, sin figura sacrificial en la que depositar la esperanza, puede sostenerse indefinidamente, o si tarde o temprano toda comunidad termina necesitando fabricar su dios, aunque sea a costa de desmontar la idea que mejor la representaba.

Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.