La sociedad del millón de emisores

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Hay un dato que resume mejor que ningún análisis el estado actual de la comunicación pública: en 2024, se publicaron en el mundo más de cuatro millones de nuevos libros. Solo en España, más de ochenta mil títulos. La cifra, que debería celebrarse como signo de vitalidad cultural, esconde en su interior una pregunta incómoda: ¿cuántos de esos libros serán leídos por alguien que no sea el autor?

La pregunta no es retórica ni elitista. Es estructural. Vivimos en una época que ha democratizado el emitir hasta un punto sin precedentes históricos, pero que no ha producido, en paralelo, un incremento equivalente de lectores, oyentes ni —lo que es más grave— de personas dispuestas a recibir con atención genuina lo que otros dicen. El resultado es una paradoja que define nuestro tiempo: nunca ha habido tantos emisores, ni tan pocos receptores reales.

La promesa de la plaza pública

Cuando internet comenzó a expandirse como fenómeno de masas en los años noventa, la metáfora que utilizaron sus apóstoles fue la de la plaza pública. Un espacio donde cualquiera podría hablar, donde las jerarquías de acceso se disolvían, donde el talento y las ideas prevalecerían sobre el dinero y los contactos. Era una promesa genuinamente democrática, y en parte se ha cumplido: voces que habrían permanecido silenciadas bajo el modelo de los viejos medios han encontrado en internet un canal de distribución real.

Pero la plaza pública, como Habermas advirtió antes de que existiera la web social, no funciona automáticamente como espacio de deliberación racional. Para que una plaza sea pública en el sentido normativo del término —no solo un lugar donde se habla, sino un lugar donde se argumenta, se escucha y se construye algo en común—, se requieren ciertas condiciones que la tecnología no garantiza por sí sola: disposición a escuchar, capacidad de tolerar la complejidad, voluntad de cambiar de posición ante mejores argumentos.

La tecnología democratizó el acceso al micrófono. No democratizó las condiciones de la escucha.

El podcast, el libro y la cuenta de Instagram

Observemos el fenómeno en sus tres manifestaciones más visibles. El podcast primero. En 2020 existían alrededor de un millón de podcasts activos en el mundo. En 2025 la cifra superaba los cuatro millones. El crecimiento es espectacular, pero la distribución de audiencias no lo es: aproximadamente el uno por ciento de los podcasts concentra más del noventa por ciento del consumo total. El resto —millones de programas, millones de horas grabadas— vive en un limbo de audiencias microscópicas que en muchos casos no superan el círculo familiar y de amigos del creador.

El libro, que durante siglos fue el símbolo de la aspiración intelectual más elevada, ha seguido un recorrido parecido. La autoedición ha eliminado los filtros editoriales tradicionales, con sus virtudes y sus vicios, y ha producido una explosión de títulos en la que el valor medio por unidad tiende inevitablemente a la baja. No porque los autores sean peores personas, sino porque la selección que antes hacía el mercado editorial, imperfecta como era, tenía al menos la virtud de exigir un mínimo de trabajo, revisión y criterio antes de que un texto llegara al lector. Ese umbral ha desaparecido.

Y luego está el influencer, que merece un tratamiento específico porque encarna con más claridad que ninguna otra figura el espíritu de la época. La promesa del influencer es la democratización definitiva de la autoridad: ya no necesitas un título, una institución ni un editor para que tus ideas circulen. Basta con construir una audiencia. El problema es que construir una audiencia en redes sociales tiene reglas propias que raramente coinciden con las reglas que producen un pensamiento riguroso. La atención se capta con impacto inmediato, posiciones rotundas, narrativas simples y una presencia constante que el conocimiento profundo, que requiere lentitud, duda y revisión, tiene dificultades estructurales para sostener.

El vacío como punto de partida

Hay un diagnóstico que este texto no quiere esquivar aunque resulte incómodo: muchos de esos emisores emiten desde el vacío. No desde la maldad ni desde el engaño consciente, sino desde la ignorancia de ese vacío. Quien no ha leído con profundidad sobre un tema no sabe lo que ignora. La Dunning-Kruger no es solo un hallazgo de psicología experimental; es una descripción precisa de la dinámica que produce la sociedad del millón de emisores. El conocimiento superficial genera más confianza que el conocimiento real, porque el conocimiento real incluye la percepción de su propia complejidad y de sus propios límites.

El fenómeno tiene consecuencias concretas. En el espacio de la salud, proliferan creadores de contenido que ofrecen certezas médicas construidas sobre lecturas fragmentarias. En el espacio político, opinadores sin formación en ciencia política o historia simplifica procesos de siglos en narrativas de tres minutos. En el espacio de la filosofía y el pensamiento, circulan resúmenes de resúmenes que ofrecen la ilusión del acceso a las ideas sin el trabajo que las ideas exigen.

Byung-Chul Han lo formuló hace más de una década con su concepto de sociedad del rendimiento: vivimos en una época que sustituye la profundidad por la productividad, el pensamiento por la producción de contenido. Lo que Han no pudo anticipar del todo es la escala a la que ese principio operaría una vez que las herramientas de producción de contenido se democratizaran completamente. No solo las instituciones y los medios producen desde la superficie; ahora lo hace también el individuo, en masa, a ritmo industrial.

La fragmentación de la audiencia

Pero el problema no es solo de oferta. Es también, y quizás sobre todo, de demanda.

La audiencia se fragmenta. Este es el dato que los analistas de medios llevan dos décadas documentando y que solo ahora empieza a percibirse en su verdadera magnitud. Los viejos medios de masas —la televisión generalista, la prensa de gran tirada, la radio nacional— tenían una función que raramente se reconocía como tal: construían experiencias compartidas. No porque fueran mejores ni más veraces, sino porque creaban un espacio de referencia común sobre el que era posible el desacuerdo productivo. Dos personas podían discutir un editorial de periódico porque habían leído el mismo editorial.

La fragmentación actual no produce solo audiencias más pequeñas; produce audiencias que viven en mundos informativos y culturales que apenas se solapan. La polarización política que caracteriza nuestro tiempo no es solo ideológica; es epistémica. No discrepamos solo sobre valores o sobre políticas: discrepamos sobre los hechos básicos. Y esa discrepancia se alimenta, en parte, de la existencia de ecosistemas de contenido que refuerzan cada perspectiva con sus propios emisores, sus propias referencias y sus propias certezas.

Cass Sunstein describió este fenómeno con el concepto de echo chamber, la cámara de resonancia en la que la información circula sin salir del espacio de los que ya están de acuerdo. Pero lo que Sunstein no previó del todo es que esas cámaras se construirían no solo por voluntad ideológica sino por la lógica algorítmica de los sistemas de recomendación: los algoritmos de plataformas como YouTube, TikTok o Spotify optimizan el tiempo de permanencia, y el tiempo de permanencia se maximiza con contenido que confirma lo que ya se cree y que activa la respuesta emocional más inmediata. El algoritmo no es neutral: es estructuralmente conservador de los sesgos preexistentes.

La asimetría entre hablar y leer

Hay una asimetría que pocas veces se nombra con claridad, y que constituye quizás el núcleo del problema. La producción de contenido —escribir, grabar, publicar— genera en quien la realiza una sensación de participación en la conversación pública que la recepción pasiva no produce. Quien escribe un post, sube un podcast o publica un libro siente que hace algo, que contribuye, que existe en el espacio colectivo. Quien lee en silencio, quien escucha con atención, quien piensa sin producir, no tiene acceso a esa sensación. La economía de la atención ha colonizado también la economía de la autoestima.

Esto produce un incentivo sistemático hacia la emisión y contra la recepción. No es que las personas sean perezosas o estúpidas: es que el sistema recompensa publicar y no recompensa escuchar. La métrica del like, del retuit, de la suscripción, mide lo que otros hacen con tu contenido; no mide lo que tú haces con el contenido de otros. No existe el like de la lectura atenta. No existe la métrica de haber cambiado de opinión.

Y sin embargo, es precisamente ese movimiento —escuchar, leer, modificar la propia posición— lo que produce el pensamiento que vale la pena emitir. La emisión de calidad es el residuo de la recepción profunda. Quien no ha leído no tiene nada genuino que escribir; tiene solo la ilusión de tenerlo.

¿Qué se pierde?

Se pierde la autoridad del silencio. Existe una forma de conocimiento que solo se construye en el tiempo lento, en la acumulación de lecturas que se contradicen entre sí, en la exposición sostenida a la complejidad. Ese conocimiento no tiene métrica ni formato en la economía de la atención. No es comprimible en un reel. No genera engagement. Y sin embargo, es el conocimiento que produce las ideas que luego todos reducen en memes.

Se pierde también, y esto es más grave, la distinción entre hablar y tener algo que decir. En el modelo antiguo —jerárquico, excluyente, lleno de vicios propios—, la publicación implicaba un filtro que tenía al menos la virtud de separar, imperfectamente, a quienes habían trabajado una idea de quienes simplemente la tenían. Ese filtro era injusto, clasista, conservador en muchos sentidos. Pero su eliminación no ha producido la utopía meritocrática de las ideas: ha producido un mercado en el que la visibilidad la gana la forma, no el fondo.

Y se pierde, finalmente, algo que no sabemos bien cómo nombrar pero que reconocemos cuando desaparece: la experiencia de ser interlocutor de alguien que sabe más que tú. Hay un tipo de humildad intelectual que solo surge del contacto real con la profundidad ajena, del momento en que un libro o una conversación te hace consciente de lo que ignoras. Esa experiencia se hace cada vez más rara en un entorno que favorece la producción sobre la recepción y que mide el valor de las personas por lo que emiten, no por la calidad de lo que son capaces de recibir.

Cuando todos hablan y nadie escucha

No hay una solución limpia a esta paradoja. No existe el regulador que distinga el emisor legítimo del que emite desde el vacío, ni sería deseable que existiera. La libertad de expresión y la libertad de publicar son conquistas que no conviene sacrificar en el altar de la calidad media.

Pero sí es posible —y necesario— nombrarlo. Reconocer que la democratización del emitir no equivale a la democratización del pensamiento. Que el micrófono no otorga profundidad. Que la audiencia no valida la idea. Que la velocidad con que se produce contenido y la velocidad con que se construye un criterio genuino son órdenes de magnitud distintos.

Y reconocer también que quien elige leer más que publicar, escuchar más que hablar, pensar más que distribuir, no está perdiendo el tiempo en la economía de la atención. Está haciendo, en realidad, la única inversión que produce un retorno que el algoritmo no puede medir: la posibilidad de tener, algún día, algo verdadero que decir.

Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.