Hay una ironía que atraviesa la última década política española: el partido que nació para “romper el candado” del bipartidismo terminó contribuyendo, sin quererlo, a la apertura de una puerta que la derecha radical supo cruzar con más disciplina, más coherencia emocional y menos complejos. No porque Podemos “sea igual” que Vox (no lo es), sino porque ciertas técnicas de comunicación política y ciertos marcos de interpretación que Podemos popularizó (pueblo/élite, nosotros/ellos, régimen/bipartidismo, indignación moral como motor) se demostraron ideológicamente transferibles. Y Vox entendió antes que nadie que, en política contemporánea, la forma puede colonizar el contenido.

No es éste un artículo de “equidistancia”: es un análisis sobre retórica, marcos y consecuencias. Y sobre un error de diagnóstico: creer que el voto joven era naturalmente progresista, cuando a menudo es, sobre todo, antiestablishment.
El giro populista: cuando la política se volvió “frontera moral”
En ciencia política se habla del populismo como una “ideología delgada”: divide la sociedad en dos campos antagónicos (el pueblo puro vs la élite corrupta) y sostiene que la política debe expresar la voluntad general del pueblo. Esa estructura es compatible con “ideologías huésped” distintas: a la izquierda puede injertarse en un discurso redistributivo; a la derecha, en uno nacional-identitario.
Podemos, en su irrupción, convirtió esa lógica en un relato nacional: no era izquierda vs derecha, era la gente vs la casta, “los de abajo vs los de arriba”, “los de siempre vs los de ahora”. Ese giro está bien documentado: la oposición pueblo/casta fue una de sus piezas retóricas centrales, precisamente para agregar demandas distintas bajo un antagonismo unificador.
La clave aquí no es moralizar a Podemos; la clave es entender el efecto sistémico: cuando un actor logra que el tablero se juegue en clave de enemigo interno (la “casta”), el resto de actores, tarde o temprano, compiten en ese mismo tablero. Y ese tablero favorece a quien mejor maneje tres cosas: simplificación, polarización afectiva e identidad.
“La casta” como artefacto exportable: del talismán léxico a la derecha radical
Lo más revelador es que el término “casta”, popularizado por Podemos, no quedó confinado a su espacio: migró, mutó y acabó en el vocabulario de Vox y de su ecosistema. El fenómeno ha sido señalado explícitamente como un “talismán léxico” que viaja de un populismo a otro, manteniendo la estructura “nosotros contra ellos”.
Ese viaje no es anecdótico: muestra que la herramienta (élite corrupta vs pueblo) es más estable que el programa. Y por eso, cuando Podemos instala en la conversación pública que el adversario no es un competidor legítimo sino una oligarquía moralmente degradada, el siguiente paso lógico, si aparece un actor con otra ideología huésped, es redefinir quién integra “el pueblo” y quién queda fuera.
Ahí es donde Vox entra como heredero funcional: toma el molde y cambia el relleno.
Vox: el mismo molde, otra ideología huésped (nación, orden, “anti-España”)
Vox no necesita inventar la estructura; la encuentra ya legitimada. Lo que hace es sustituir el “pueblo precarizado” por el pueblo-nación, y la “casta” por un enemigo más amplio: progres, feminismo, autonomismo, inmigración, “anti-España”, “consenso progre”, etc.
En análisis del discurso se ve con nitidez: Vox trabaja una visión dualista del país (“España Viva” vs “anti-España”) y plantea la elección como un dilema existencial (“o desaparición o continuidad histórica… o dictadura progre o libertad… o anti-España o España Viva”).
En otras palabras: donde Podemos trazaba frontera contra el “régimen del 78” y la captura oligárquica, Vox traza frontera contra un enemigo cultural. Pero ambos comparten el corazón comunicativo populista: hacer política como choque de bloques morales, más que como negociación pluralista.
Y Vox añade un elemento que en Europa ha sido clave para la derecha radical: la identidad colectiva articulada contra un “ellos” (migrantes, minorías, “globalistas”, etc.).
El error de Podemos: creer que el descontento era patrimonio ideológico
Podemos nace con una intuición que parecía evidente en 2014: el malestar post-crisis y post-15M se canalizaría hacia una izquierda renovada. Se pensó que España, por historia reciente, “no era terreno” para una derecha radical fuerte. Y que el relato antiestablishment tenía dueño natural: la izquierda.
Ese supuesto tenía dos problemas:
- El descontento no vota “izquierda” por defecto: vota contra algo.
- La gramática antiestablishment es neutral: puede servir para redistribución… o para repliegue identitario.
En Europa, el éxito de formaciones como la de Marine Le Pen (y otras derechas radicales) mostró que el eje pueblo/élite funciona muy bien cuando el “pueblo” se define como comunidad nacional amenazada. Hay análisis del discurso de Le Pen que subrayan cómo construye un mundo simbólico legitimador, atravesado por miedo e identidad.
España no era inmune. Solo iba con retraso.
Juventud: del “voto rebelde” al voto identitario (y el espejismo de los 16)
Aquí aparece el error conceptual: la confusión entre “joven” y “progresista”.
Podemos defendió bajar la edad de voto a 16 años, con una justificación ligada a participación y expectativas de cambio (“la juventud quiere un país mejor…”). La idea implícita (aunque no siempre explícita) era que ampliar ese electorado beneficiaría a fuerzas transformadoras.
Pero el ciclo posterior ha mostrado algo incómodo para la izquierda: el voto joven puede inclinarse con fuerza hacia opciones como Vox. En 2025, análisis demoscópicos y periodísticos ya señalaban a Vox como primera fuerza o especialmente fuerte entre 18-24, con énfasis en la brecha de género (mucho más apoyo entre varones jóvenes).
La lectura “naíf” era pensar: juventud = revolución = izquierda. La lectura realista es: juventud = rechazo de lo instituido; y en un entorno de fatiga cultural, precariedad y guerra simbólica en redes, ese rechazo puede tomar forma reaccionaria o ultraliberal, según quién capture el relato y el enemigo.
El punto decisivo: Podemos normalizó un estilo; Vox lo perfeccionó en redes
No hace falta decir que “son iguales” para ver una secuencia:
- Podemos legitima un tipo de comunicación: antagonismo fuerte, deslegitimación del bloque gobernante, moralización del conflicto (“casta”), apelación a emociones políticas y a un “pueblo” agregador.
- Vox hereda ese terreno y lo especializa: dualismo identitario (“España Viva/anti-España”), enemigo cultural, y una estrategia muy adaptada al ecosistema digital.
Dicho de forma sencilla: Podemos ayudó a que la política dejara de ser gestión entre adversarios y pasara a ser combate entre bandos. Vox convirtió ese combate en una identidad de marca.
Entonces, ¿“Podemos creó a Vox”?
No en el sentido causal infantil (A “crea” B). Sí en un sentido más profundo y más interesante: Podemos contribuyó a cambiar el lenguaje legítimo de la política española, y ese lenguaje, una vez abierto, podía ser ocupado por quien mejor administrara sus efectos.
Podemos pensó que estaba cavando un túnel para asaltar el cielo. Vox lo utilizó como autopista para asaltar el marco emocional de una parte del país.
La paradoja final es casi trágica: al pretender superar el eje izquierda/derecha con el eje pueblo/casta, Podemos facilitó que otro actor superara el eje izquierda/derecha con el eje nación/anti-nación. Y ese eje, en términos afectivos, suele ser más adhesivo, más tribal y más rentable en redes.
Una lección incómoda sobre comunicación política
La enseñanza, si la queremos formular sin cinismo, es esta:
- Las técnicas de polarización no pertenecen a nadie.
- El resentimiento es un recurso político disputable.
- Cuando conviertes la política en una guerra moral, el adversario aprende a disparar.
Y, quizá lo más delicado: el “anti-sistema” no es una ideología; es una posición emocional. Quien consiga que esa emoción encuentre un enemigo nítido y un “nosotros” confortable tiene media partida ganada.
El talón de Aquiles del populismo: cuando el “anti-sistema” se convierte en sistema
Toda política que se construye contra el establishment lleva incorporada una contradicción fatal: si tiene éxito, acaba convirtiéndose en establishment. Y ese tránsito, inevitable si se aspira a gobernar, es el punto exacto en el que el populismo revela su fragilidad interna.
El problema no es gobernar; el problema es haber construido tu legitimidad exclusivamente desde la impugnación.
Podemos: del asalto a los cielos a la indigestión institucional
Podemos nació con un relato épico: irrupción, ruptura, excepcionalidad histórica. Su lenguaje, sus símbolos y su comunicación estaban diseñados para la fase de combate, no para la fase de gestión. El partido funcionaba mientras podía señalar a “la casta” desde fuera; empezó a descomponerse cuando pasó a ocupar despachos, ministerios y boletines oficiales.
Ahí apareció el cortocircuito:
- ¿Cómo seguir denunciando al sistema cuando formas parte de él?
- ¿Cómo mantener la retórica de pureza moral cuando tienes que pactar, ceder y gestionar límites presupuestarios?
- ¿Cómo explicar a tu electorado que la política real es gris, lenta y contradictoria, después de haberla narrado como un acto de redención colectiva?
Podemos no supo mutar su relato. No logró pasar de la épica de la ruptura a la pedagogía del poder. El resultado fue doble: desafección interna (fracturas, escisiones, personalismos) y frustración externa (una parte del electorado percibió “traición” allí donde había, en realidad, institucionalización).
En términos comunicativos, Podemos murió un poco el día que tuvo que explicar por qué no podía cumplir todo lo que había prometido sin dejar de ser coherente consigo mismo.
La incongruencia alcanzó su punto más evidente cuando Pablo Iglesias, ya como vicepresidente del Gobierno, alentó y legitimó movilizaciones en la calle como si siguiera siendo un actor externo al poder. La paradoja era difícil de disimular: quien ocupaba uno de los vértices del poder ejecutivo apelaba a la protesta contra un sistema del que formaba parte y que, en teoría, tenía capacidad efectiva para transformar. Esa ambigüedad (gobernar y agitar al mismo tiempo) no solo erosionó la credibilidad institucional del propio cargo, sino que reveló una incapacidad más profunda para asumir el tránsito del antagonismo a la responsabilidad. La protesta, legítima como herramienta de presión social, pierde coherencia cuando es impulsada desde el poder constituido que dispone de los instrumentos para resolver aquello mismo que dice denunciar.
Vox: la misma trampa, con otro decorado
Vox aprendió mucho de ese error… pero no lo suficiente. Mientras se mantuvo como fuerza de oposición, su discurso funcionó como un reloj: denuncia del “consenso progre”, deslegitimación del sistema autonómico, crítica feroz a las “élites políticas”.
Sin embargo, cuando entró en gobiernos autonómicos y municipales, se produjo la misma tensión estructural:
- El partido que denunciaba el “chiringuito” pasó a gestionar chiringuitos.
- El que proclamaba mano dura y simplicidad tuvo que enfrentarse a la complejidad administrativa.
- El que vivía de la confrontación cultural tuvo que negociar presupuestos, cargos y competencias.
La consecuencia fue una pérdida de nitidez narrativa. Parte de su electorado más radical percibió domesticación; parte del electorado pragmático percibió incompetencia. Y Vox, como antes Podemos, descubrió que el poder desgasta más a quien se define por combatirlo que a quien lo asume como marco natural.
La ley no escrita: el populismo no gobierna bien el “día después”
Hay aquí una ley no escrita de la comunicación política contemporánea: los discursos diseñados para derribar no suelen servir para sostener.
El populismo, de izquierda o de derecha, es extraordinariamente eficaz en la fase de deslegitimación del orden existente. Pero es estructuralmente torpe en la fase de normalización, porque:
- Vive de señalar enemigos, y gobernar exige convivir con ellos.
- Se apoya en emociones intensas, y la gestión cotidiana es anticlimática.
- Promete claridad moral, y el poder se mueve en ambigüedades.
Cuando el “ellos” deja de estar fuera y empieza a estar dentro, el relato se resquebraja.
El sistema siempre cobra su peaje
Ni Podemos ni Vox fracasan solo por errores tácticos o líderes concretos. Fracasan, o se erosionan, porque el anti-sistema no es una posición sostenible en el tiempo si se aspira a gobernar.
El sistema político tiene una enorme capacidad de absorción: integra, normaliza y convierte en rutina lo que antes era excepcional. Y quien no sabe reformular su identidad al cruzar esa frontera queda atrapado en una paradoja irresoluble: o sigue gritando como si estuviera fuera (y parece irresponsable), o gobierna como si siempre hubiera estado dentro (y traiciona su relato fundacional).
Ese es el verdadero talón de Aquiles de estas ideologías. No el adversario, no los medios, no “la casta”. El éxito.
El populismo como síntoma de democracias fatigadas (y de una clase media en retirada)
El populismo, de izquierdas o de derechas, no es una anomalía histórica ni un error del sistema. Es, más bien, un síntoma persistente de su agotamiento, que emerge cuando amplios sectores sociales dejan de encontrar en la democracia liberal respuestas materiales y simbólicas creíbles para su vida cotidiana.
Y aquí conviene decirlo sin rodeos: el problema real no es el populismo, sino la situación de la juventud y de una clase media en retroceso.
Cuando el contrato social deja de cumplirse
Durante décadas, el sistema democrático se sostuvo sobre un pacto implícito:
trabajo → estabilidad → vivienda → protección social → futuro previsible.
Ese pacto hoy está roto, o al menos profundamente erosionado.
- La juventud accede tarde y mal al empleo, encadena precariedad, y ve la vivienda como un horizonte casi inalcanzable.
- La clase media, lejos de sentirse protegida, percibe que cualquier accidente vital (desempleo, enfermedad, divorcio, inflación) puede precipitarla hacia abajo.
- Los sistemas de protección social, especialmente las pensiones, ya no se viven como un derecho garantizado, sino como una promesa frágil, sujeta a ajustes permanentes.
- La inseguridad (económica, cultural, incluso física) se ha instalado como clima emocional de fondo.
Cuando el sistema no ofrece seguridad material, tampoco puede exigir lealtad simbólica. Y ahí es donde el discurso populista encuentra su terreno fértil.
El vacío de sentido y el vacío de expectativas
Las democracias liberales no solo han perdido capacidad de redistribución; han perdido capacidad de proyección de futuro. El mensaje implícito que reciben muchos jóvenes y sectores medios es devastador: vivirás peor que tus padres y no hay mucho que podamos hacer al respecto.
Ese vacío no se llena con tecnocracia, ni con apelaciones abstractas a la estabilidad macroeconómica. Se llena con relatos. Y el populismo, en todas sus variantes, ofrece uno inmediato, emocionalmente satisfactorio y cognitivamente sencillo:
- Si no tienes vivienda, alguien te la ha quitado.
- Si tu futuro es incierto, alguien lo ha saboteado.
- Si te sientes inseguro, alguien no merece estar aquí.
No es un relato verdadero en términos complejos, pero funciona porque traduce angustias estructurales en culpables reconocibles.
A esta incoherencia se suma otra dinámica, más profunda y transversal: la tendencia de la política establecida (no solo del populismo) a refugiarse en debates identitarios, simbólicos o nominales que polarizan, movilizan y generan adhesión emocional inmediata, pero cuyo coste presupuestario es prácticamente nulo. Cambiar el lenguaje, redefinir categorías, disputar marcos culturales o agitar guerras simbólicas resulta infinitamente más barato que abordar políticas de vivienda ambiciosas, reformas estructurales del mercado laboral, sistemas sólidos de conciliación, salud mental o protección social intergeneracional. El problema es que estas últimas, que son las que generan verdadero bienestar y paz social, exigen recursos, planificación a largo plazo y asumir conflictos reales de redistribución. Así, mientras lo identitario se sobreactúa porque renta políticamente y no compromete las cuentas públicas, lo material se gestiona de forma fragmentaria, tardía o disfuncional, alimentando la frustración que luego esos mismos debates simbólicos dicen canalizar.
El atajo emocional frente al fracaso de la política clásica
Max Weber habló de la autoridad carismática como reacción a la rigidez de lo legal-racional. El populismo contemporáneo encaja perfectamente en esa lógica: cuando las instituciones parecen incapaces de proteger, el ciudadano busca voluntad, fuerza, claridad, aunque sea ilusoria.
La política clásica, atrapada en equilibrios, reformas graduales y lenguaje técnico, ha dejado de hablar el idioma de quienes sienten que ya no tienen nada que perder. El populismo, en cambio, habla de pérdidas todo el tiempo. Y por eso conecta.
Juventud: del desencanto al voto antisistema
Aquí se explica una de las grandes confusiones de la última década: creer que la juventud es “progresista” por naturaleza. No lo es. Es, sobre todo, antisistema cuando el sistema no le ofrece salida.
El voto joven no se desplaza hacia Podemos primero y hacia Vox después por coherencia ideológica, sino por desafección. Cambia de siglas, pero mantiene la misma pulsión: castigar a un orden que percibe como cerrado, injusto y ajeno.
Cuando no hay vivienda, no hay estabilidad y no hay horizonte vital, la promesa democrática suena hueca. Y cualquier fuerza que se presente como ruptura, aunque sea simbólica, gana atractivo.
El establishment como destino inevitable… y como fracaso previo
El populismo fracasa cuando se convierte en establishment. Pero no deberíamos olvidar algo más incómodo: el establishment fracasó antes, al no sostener el contrato social que lo legitimaba.
Por eso el problema no se resuelve demonizando a Podemos o a Vox, ni pidiendo “moderación” desde arriba. Se resuelve, si es que aún es posible, reconstruyendo condiciones materiales de vida dignas que hagan innecesaria la guerra moral permanente.
Mientras eso no ocurra, las democracias fatigadas seguirán produciendo populismos como respuesta defensiva. No porque la ciudadanía se haya vuelto irracional, sino porque se ha quedado sin alternativas creíbles.
Apagar el humo sin atender al fuego (precariedad, vivienda, inseguridad, futuro bloqueado) solo garantiza que volverá a aparecer, con otros nombres, otros líderes y otros enemigos. Y cada vez con menos paciencia para la convivencia plural que hace posible la democracia.
Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.
