Sombras del networking digital en la red donde “hay que estar”

LinkedIn es, probablemente, la red social más aceptada sin entusiasmo. Todo el mundo asume que tiene que estar ahí, como quien se apunta a un cóctel al que no le apetece ir pero en el que “conviene dejarse ver”. Pocos saben explicar con claridad para qué, más allá de una vaga idea de oportunidades, visibilidad o contactos. Y, sin embargo, ahí seguimos, alimentando un escaparate que rara vez devuelve el rendimiento que promete.
La narrativa oficial es conocida: LinkedIn sería el gran ágora profesional del siglo XXI, el lugar donde se cruzan talento, conocimiento y oportunidades reales. La práctica cotidiana, sin embargo, se parece bastante menos a eso y mucho más a una mezcla de teatro corporativo, autoayuda de saldo y spam educado.
El networking que no acaba de cuajar
Es cierto que LinkedIn genera contactos. A veces incluso contactos interesantes. Personas con trayectorias sólidas, perfiles bien construidos y conversaciones potencialmente valiosas. El problema es que, en la mayoría de los casos, esa relación no cristaliza en nada concreto. No hay proyecto, no hay colaboración, no hay intercambio real. Hay una conexión más, una foto en miniatura más, una promesa implícita que nunca llega a activarse.
El networking digital parece haber sustituido la relación por la acumulación. Se confunde tener contactos con tener red, y tener red con generar valor. Pero una red sin fricción, sin compromiso y sin contexto compartido es poco más que una agenda inflada.
Los oráculos del “yo lo valgo”
Uno de los grandes protagonistas del ecosistema LinkedIn es el supuesto CEO iluminado. Da igual el tamaño real de la empresa, su impacto o incluso su existencia más allá de una web minimalista. El CEO de LinkedIn habla como si hubiera descifrado las leyes universales del liderazgo, la motivación y el éxito. Comparte consejos absolutos, experiencias edulcoradas y aprendizajes formulados como verdades incuestionables.
Todo está envuelto en una estética de autoridad blanda: humildad impostada, épica personal y una confianza que rara vez admite matices. El problema no es que compartan su experiencia, sino que esa experiencia se presente como modelo universal, descontextualizada y, en muchos casos, difícilmente verificable. El expertise se despliega más como pose que como conocimiento contrastado.
El spam con sonrisa
En el otro extremo están los pedigüeños digitales. Mensajes directos que empiezan con un “Hola, he visto tu perfil” y continúan con una propuesta genérica, mal afinada y claramente copiada y pegada. Servicios milagro, colaboraciones vagas, reuniones “sin compromiso” que solo comprometen tu tiempo.
Este tipo de aproximación ha terminado por erosionar la confianza básica en la plataforma. El mensaje privado, que podría ser un espacio de contacto cualificado, se ha convertido en una bandeja de entrada defensiva, donde uno entra ya a la contra, buscando la trampa.
El gran escaparate
Todo esto desemboca en la verdadera función que parece cumplir LinkedIn: la de escaparate. Un lugar donde se exhibe actividad, discurso y presencia más que resultados. Publicar no tanto para comunicar algo relevante, sino para demostrar que se está en movimiento. Que se opina, que se lidera, que se participa en el juego.
El problema del escaparate es que consume mucha energía y devuelve poco. Mantener una identidad profesional pulida, optimista y permanentemente productiva exige una dosis constante de actuación. Y, al final, muchos usuarios intuyen que están invirtiendo más en parecer que en hacer.
¿Para qué sirve entonces LinkedIn?
Tal vez la pregunta no sea si LinkedIn es bueno o malo, sino si hemos sido honestos con sus límites. LinkedIn no sustituye a la reputación real, ni al trabajo bien hecho, ni a las relaciones construidas en el tiempo. Tampoco genera oportunidades por sí mismo: como mucho, las amplifica cuando ya existen.
El problema es haberle atribuido una promesa que no puede cumplir. Pensar que estar es suficiente. Que publicar es avanzar. Que conectar es construir.
Una red que pide menos fe y más sentido crítico
LinkedIn no es inútil, pero sí profundamente sobredimensionado. Funciona mejor cuando se usa con escepticismo, con objetivos claros y sin aceptar su liturgia como dogma. Cuando se entiende como una herramienta limitada, no como un espacio de realización profesional.
Quizá el gesto más sano sea dejar de preguntarse qué hay que publicar hoy, y empezar a preguntarse qué estamos realmente construyendo fuera de la pantalla. Porque ninguna red, por muy profesional que se autoproclame, puede sustituir al valor real. Solo, en el mejor de los casos, reflejarlo.
Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.
