El lenguaje que habitamos: de Wittgenstein a la plaza pública

      Comentarios desactivados en El lenguaje que habitamos: de Wittgenstein a la plaza pública

En el Tractatus logico-philosophicus Wittgenstein formuló su célebre tesis: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (TLP, 5.6). Aunque en ese contexto hablaba de la correspondencia entre proposiciones y hechos, el enunciado adquiere una dimensión ética y política cuando lo trasladamos al espacio público: lo que no puede ser dicho no puede ser pensado en común.

1. El lenguaje como mundo compartido

Más tarde, en las Investigaciones filosóficas, Wittgenstein hizo más compleja esta visión introduciendo la noción de juegos de lenguaje. Cada práctica social —desde pedir pan hasta legislar una norma— está regida por convenciones lingüísticas que permiten la comunicación. La política democrática no es una excepción: se funda en un juego de lenguaje que requiere reglas de respeto mutuo, reconocimiento de interlocutores y confianza en las instituciones.

2. La crisis del juego de lenguaje político

Cuando el insulto sustituye al argumento, cuando la descalificación personal desplaza la deliberación, el juego de lenguaje democrático se rompe. Ya no se trata de confrontar proyectos, sino de aniquilar al adversario simbólicamente.

En este sentido, la pérdida de respeto institucional no es una mera cuestión retórica: es la señal de que el juego político se ha convertido en un espectáculo vacío, desprovisto de las reglas que lo hacían posible. Y si el lenguaje democrático se quiebra, lo que queda es un espacio de poder desnudo, donde la palabra deja de mediar y la fuerza ocupa su lugar.

3. De la violencia verbal a la violencia social

El tránsito del insulto a la agresión no es lineal, pero sí constante. La violencia verbal normaliza la idea de que el otro no merece respeto, y con ello allana el camino a la violencia física. Lo vemos en el incremento de la violencia social: protestas que degeneran en enfrentamientos, intolerancia creciente en la convivencia urbana, y un clima en el que la discrepancia se convierte en enemistad irreconciliable.

Wittgenstein advertía en las Investigaciones que el significado de las palabras está en su uso. Si usamos el lenguaje político como arma, lo que transmitimos no son razones sino amenazas. Y una sociedad que se acostumbra a hablar en términos de amenaza terminará acostumbrándose a vivir en ella.

4. Lenguaje y realidad: un círculo vicioso

Aquí radica el peligro: al degradarse el lenguaje, se degrada la realidad social que dicho lenguaje constituye. La violencia simbólica erosiona las instituciones y, al hacerlo, facilita la violencia material. Es un círculo vicioso en el que el espacio público se convierte en campo de batalla, primero retórico, luego físico.

No es casual que las sociedades más polarizadas muestren simultáneamente un lenguaje político más agresivo y una violencia social más visible. Ambas dinámicas se retroalimentan porque, en último término, se nutren del mismo fenómeno: la pérdida del lenguaje como pacto.

5. Conclusión: recuperar la palabra como mediación

Cuidar el lenguaje no es una cuestión estética, sino profundamente política. Significa salvaguardar los marcos que hacen posible la convivencia. Si, como decía Wittgenstein, los límites de nuestro lenguaje marcan los límites de nuestro mundo, entonces cada insulto no es solo un exceso verbal: es un ladrillo arrancado del edificio democrático.

Restituir el valor de la palabra implica volver a concebir el espacio público como un lugar de juego de lenguaje compartido, donde el adversario no es un enemigo a destruir, sino un interlocutor con quien se construye realidad común.

Para ello, un buen demócrata debería cultivar un conjunto de actitudes y gestos cotidianos que, aunque parezcan simples, tienen una fuerza transformadora en la vida pública.

Nunca es demasiado tarde: un posible decálogo

  1. Respetar las instituciones: aunque se discrepe de quienes las ocupan, reconocer su legitimidad como marco común.
  2. Argumentar sin insultar: la crítica es esencial, pero debe dirigirse a las ideas, no a la dignidad de las personas.
  3. Escuchar de buena fe: no solo para responder, sino para comprender qué mueve al otro.
  4. Aceptar la pluralidad: la diferencia no es una amenaza, sino la condición misma de la democracia.
  5. Cuidar el lenguaje: evitar la exageración destructiva, la desinformación o la manipulación retórica.
  6. Reconocer al adversario: sin contrarios no hay democracia, solo unanimidad forzada.
  7. Practicar la autocontención: no todo lo que puede decirse debe decirse, especialmente si erosiona la confianza común.
  8. Separar lo público de lo privado: no convertir el debate político en enemistad personal.
  9. Valorar la negociación y el acuerdo: pactar no es traicionar, sino asumir la naturaleza compleja de lo social.
  10. Educar con el ejemplo: recordar que el lenguaje político se filtra a la calle, a las escuelas y a las familias.

En definitiva, cuidar el lenguaje es cuidar la democracia. La palabra es el terreno en el que se decide si conviviremos como ciudadanos o nos enfrentaremos como enemigos.

¡Comparte!
Facebook Twitter Linkedin Pinterest