La deriva del periodismo hacia el clicbait y la opacidad informativa.
Hubo un tiempo no tan lejano en el que el titular periodístico cumplía una función casi pedagógica. Su misión no era seducir, ni provocar, ni generar ansiedad, sino aclarar. En una sola frase debía responder, con la mayor precisión posible, a las preguntas básicas: qué ha ocurrido, cuándo, a quién afecta, dónde y por qué. El lector podía decidir leer la noticia completa o no, pero ya estaba informado.
Hoy ese contrato tácito entre el medio y el lector se ha roto.
El titular ha dejado de ser un umbral informativo para convertirse en un anzuelo emocional. No busca decir, sino insinuar. No pretende explicar, sino retener. No informa: promete información, pero la difiere.

El titular como síntesis frente al titular como suspense
El periodismo clásico entendía el titular como un ejercicio de síntesis intelectual. Era una destilación del contenido, no un reclamo. Incluso cuando era impactante, lo era por la importancia del hecho, no por su ambigüedad.
En el nuevo ecosistema digital, el titular funciona de otro modo. Se ha convertido en una especie de tráiler malicioso: plantea una incógnita artificial que solo se resolverá —supuestamente— si el lector hace clic. “Esto es lo que pasó cuando…”, “Nadie esperaba lo que ocurrió después”, “El gesto que lo cambia todo”. El hecho queda oculto tras una cortina de lenguaje vacío.
La paradoja es evidente: para conseguir lectores se les priva de información.
Economía de la atención y empobrecimiento del lenguaje
Este cambio no es solo cultural; es estructural. La economía de la atención ha impuesto métricas que miden el éxito periodístico en clics, tiempo de permanencia y viralidad. El titular ya no se dirige al ciudadano informado, sino al usuario distraído, desplazándose en scroll infinito.
En ese contexto, el lenguaje se empobrece deliberadamente. Se sustituyen los datos por adjetivos vagos, los hechos por emociones, las causas por insinuaciones. El titular deja de nombrar la realidad para provocar una reacción. No importa tanto lo que ocurre como lo que el lector siente durante medio segundo.
El periodismo, así entendido, ya no compite por la verdad, sino por la dopamina.
La ocultación como estrategia narrativa
Hay algo especialmente grave en esta deriva: el titular no solo exagera o dramatiza, sino que oculta activamente la información relevante. Se silencia el sujeto de la acción, se difumina la responsabilidad, se evita el dato clave que permitiría comprender el hecho sin necesidad de entrar.
Donde antes se decía “El Gobierno aprueba una subida del IVA del 2%”, ahora se dice “Una decisión que afectará a tu bolsillo”. El contenido puede ser el mismo, pero el segundo titular transforma al lector en presa, no en interlocutor.
Esta técnica no es inocente: convierte la información en un juego de pistas, incompatible con una ciudadanía crítica.
Del lector informado al lector cautivo
El resultado es una mutación profunda del rol del lector. Ya no es alguien que acude al medio para comprender el mundo, sino alguien a quien se mantiene en un estado de expectativa permanente, siempre a punto de descubrir algo que nunca termina de revelarse.
La información se fragmenta, se atomiza, se serializa. Cada clic promete sentido, pero lo pospone. El lector queda atrapado en una lógica de consumo continuo donde la comprensión global se vuelve casi imposible.
No es solo una crisis del periodismo; es una crisis de la experiencia de verdad.
El clicbait como síntoma, no como causa
El clicbait suele presentarse como una simple mala práctica periodística, un exceso anecdótico. En realidad es un síntoma estructural. Surge cuando el periodismo deja de medirse por su capacidad de explicar la realidad y empieza a medirse por su capacidad de generar tráfico.
En ese nuevo marco, la información deja de ser un fin y se convierte en un medio. Lo importante ya no es que el lector entienda, sino que permanezca. El titular se rediseña entonces no para decir la verdad, sino para activar un reflejo: curiosidad, indignación, miedo, sorpresa. Las mismas emociones que el marketing lleva décadas explotando con éxito.
La lógica publicitaria coloniza la lógica informativa.
Posverdad: cuando la forma vence al contenido
La posverdad no consiste únicamente en mentir. Su rasgo central es más sutil: la irrelevancia de la verdad objetiva frente al impacto emocional del mensaje. En ese contexto, el titular ya no necesita ser verdadero, ni siquiera falso: basta con que sea eficaz.
El clicbait encaja perfectamente en esta lógica. No afirma nada verificable; plantea una promesa. No se expone a la refutación porque no dice nada concreto. Es un lenguaje sin riesgo, sin compromiso, sin responsabilidad semántica.
Así, la posverdad no se impone solo a través de bulos o fake news explícitas, sino también mediante esta erosión blanda del lenguaje, donde la información se diluye en una sucesión de estímulos vacíos.
Fake news y titulares que no mienten… pero tampoco dicen
Las fake news son el extremo visible del problema, pero no el más habitual. Mucho más común es el titular que no es falso, pero que oculta el núcleo informativo. Se eliminan sujetos, se diluyen responsabilidades, se evita el dato incómodo.
Este tipo de titular no desinforma directamente, pero desorienta. Obliga al lector a consumir el contenido completo —y a menudo otros contenidos— para reconstruir el sentido. El resultado es una ciudadanía cansada, saturada y, paradójicamente, peor informada cuanto más lee.
La mentira frontal provoca rechazo; la ambigüedad constante genera dependencia.
El marketing del miedo y la indignación permanente
Otro elemento clave de esta deriva es el uso sistemático del miedo y la indignación como motores de atención. El clicbait no solo apela a la curiosidad, sino al malestar. “Esto te afecta”, “Esto debería preocuparte”, “Esto lo cambia todo”.
El periodismo adopta así estrategias propias del marketing político y comercial: segmenta emociones, amplifica amenazas difusas y convierte cada noticia en una microcrisis. El mundo aparece como un lugar permanentemente hostil, incomprensible y urgente.
No se trata solo de informar sobre problemas reales, sino de construir una percepción del mundo basada en la alarma constante. Y un ciudadano alarmado es más manipulable que uno informado.
La crisis de la verdad como crisis del lenguaje
En el fondo, esta evolución del titular refleja algo más profundo: una crisis del lenguaje como herramienta de comprensión compartida. Cuando las palabras dejan de señalar hechos y pasan a señalar emociones, la conversación pública se vuelve imposible.
Ya no discutimos sobre lo que ocurre, sino sobre cómo nos hace sentir lo que creemos que ocurre. El titular deja de ser una puerta de entrada al debate racional y se convierte en un detonador emocional.
En ese escenario, la verdad no desaparece: pierde relevancia.
Recuperar el titular como acto ético
Frente a esta deriva, recuperar el titular claro no es una cuestión estética, sino ética. Nombrar los hechos con precisión es un acto de respeto hacia el lector. Decir lo que ha pasado, aunque no genere clics, es reafirmar que el periodismo existe para informar, no para retener.
Un titular honesto puede ser menos rentable a corto plazo, pero es más fértil a largo plazo. Construye confianza, y sin confianza no hay medio, solo ruido.
Quizá el verdadero gesto contracultural hoy sea ese: volver a escribir titulares que expliquen, aunque nadie haga clic. Porque informar no debería ser una técnica de seducción, sino un compromiso con la claridad.
Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.
