Por qué somos niños entusiastas con lo que amamos y adultos implacables con lo que no.

Hay una asimetría llamativa, y pocas veces reconocida, en la manera en que juzgamos los proyectos culturales, profesionales o creativos que nos rodean. Cuando algo nos gusta, lo contemplamos con una mezcla de candor infantil y fe previa: estamos dispuestos a perdonarlo casi todo. Cuando algo no nos gusta, en cambio, activamos un modo analítico severo, adulto, casi hosco, en el que cada fallo se convierte en prueba irrefutable de mediocridad o impostura. No es solo una cuestión de gustos. Es un sesgo cognitivo profundo que afecta a nuestra idea misma de juicio crítico.
Este fenómeno no responde a una única distorsión mental, sino a una convergencia de mecanismos bien estudiados por la psicología cognitiva. Sin embargo, su manifestación cultural tiene una textura muy reconocible: el entusiasmo devoto frente a lo propio y el escepticismo corrosivo frente a lo ajeno.
Sentir primero, razonar después
En contra de la imagen ilustrada que tenemos de nosotros mismos, no solemos analizar primero para luego emocionarnos. Ocurre justo al revés. La emoción actúa como filtro inicial y el razonamiento entra después para justificar lo ya sentido. Cuando un proyecto nos seduce (una obra, una idea, una iniciativa) la emoción positiva genera una predisposición benévola: todo lo que venga después será interpretado a su favor. Los errores se convierten en decisiones valientes, las carencias en promesas futuras, las incoherencias en rasgos de personalidad.
Este mecanismo es conocido como heurística del afecto. No juzgamos con una balanza neutra, sino con una balanza ya inclinada. La razón no opera como juez, sino como abogado defensor.
Cuando el proyecto no nos gusta, el proceso se invierte, pero la lógica interna es la misma. El rechazo inicial provoca una lectura hipercrítica, minuciosa, casi gozosa en la detección del fallo. La razón ya no defiende: acusa. Cada error confirma una intuición previa, cada debilidad se convierte en esencia. Aquí la razón tampoco es imparcial: es fiscal.
El adulto avinagrado como máscara de la objetividad
Hay una trampa adicional, especialmente seductora: creemos que el análisis severo es sinónimo de madurez intelectual. El escepticismo, el desmontaje, la ironía, incluso el cinismo, se confunden fácilmente con pensamiento crítico. Así, cuando juzgamos con dureza lo que no nos gusta, solemos pensar que estamos siendo más adultos, más racionales, más lúcidos.
Sin embargo, muchas veces esa dureza no nace de un análisis más riguroso, sino de un razonamiento motivado. Razonamos para llegar a una conclusión que ya deseamos. El barniz de complejidad intelectual sirve para ocultar una decisión emocional previa: “esto no me interpela, luego debe ser malo”.
Paradójicamente, el verdadero pensamiento crítico exigiría aplicar el mismo nivel de exigencia tanto a lo que amamos como a lo que detestamos. Y eso es justo lo que casi nunca hacemos.
El efecto halo y la condena total
Este sesgo se refuerza con un mecanismo clásico: el efecto halo y su reverso, el efecto cuerno. Un solo acierto en un proyecto que nos gusta ilumina todo lo demás. Un solo fallo en un proyecto que no nos gusta oscurece el conjunto. El juicio deja de ser analítico para volverse totalizante.
En el primer caso, concedemos tiempo, contexto, evolución. En el segundo, dictamos sentencia. No evaluamos obras o ideas: evaluamos identidades. Y una vez fijada esa identidad —“esto es valioso” o “esto es humo”— todo lo que venga después se ordena en consecuencia.
Cultura, nostalgia y fe
En el ámbito cultural este sesgo es especialmente visible. La nostalgia actúa como amplificador emocional: lo que amamos desde la infancia queda protegido por una pátina sagrada. Lo nuevo, lo ajeno o lo que no conecta con nuestro canon personal se enfrenta a un escrutinio despiadado. No compite en igualdad de condiciones. Compite contra un recuerdo idealizado.
Así, el juicio cultural se convierte con frecuencia en un acto de fe o de excomunión, no de análisis. Creyentes con lo propio, inquisidores con lo ajeno.
Una ética mínima del juicio
Reconocer este sesgo no implica renunciar al gusto ni al criterio. Implica algo más incómodo: aceptar que nuestra razón no es tan neutral como nos gusta creer. Que el entusiasmo y el rechazo son posiciones simétricas, no jerárquicas. Y que el pensamiento crítico empieza precisamente cuando desconfiamos de nuestra propia comodidad emocional.
Tal vez el ejercicio más honesto consista en intentar lo contrario de lo que hacemos por defecto: analizar con rigor lo que amamos y conceder contexto y complejidad a lo que no nos gusta. No para forzar equilibrios artificiales, sino para evitar que el juicio se convierta en una simple prolongación de nuestras filias y fobias.
Porque cuando el análisis solo confirma lo que ya sentíamos, no estamos pensando: estamos creyendo. Y cuando creemos estar siendo implacables por lucidez, a menudo solo estamos siendo implacables por desafección.
Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.
