EL EXTREMISMO DEPREDADOR DE LOS NOVÍSIMOS MEDIOS

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Cómo la economía de la atención ha convertido la conversación cultural en una guerra de trincheras

En la era de YouTube, TikTok y los podcasts virales, la crítica y el análisis han sido sustituidos por la reacción inmediata. Ya no se trata de comprender ni de matizar: se trata de ganar. Todo debe ser una obra maestra o una porquería, un aplauso o una hoguera. El pensamiento pausado ha sido devorado por la economía de la atención.

Vivimos en una época donde la conversación pública ya no busca comprender, sino conquistar. Los nuevos medios —esa constelación de youtubers, podcasters, tiktokers y opinadores en serie— no informan: compiten por segundos de atención en una arena saturada. Y en esa lucha, la sobriedad no vende. La economía de la atención ha convertido el pensamiento matizado en un lujo inviable. Lo que triunfa es el extremismo depredador: la necesidad de devorar lo que el otro dice antes incluso de escucharlo, y devolverlo amplificado, polarizado y despojado de toda complejidad.

En este ecosistema, ya no basta con opinar: hay que gritar. No se trata de analizar una película, sino de declararla obra maestra o basura woke; no de debatir una reforma política, sino de decidir si eres un héroe o un traidor. El espacio intermedio —el que ocupan la reflexión, la ironía, la duda— ha sido arrasado por el algoritmo.

Porque el algoritmo no premia la verdad, ni la belleza, ni la inteligencia. Premia la reacción. Cuanto más extrema sea tu afirmación, cuanto más humilles al adversario, cuanto más caricaturesco sea tu juicio, más segundos de atención obtendrás. Es la lógica del “me gusta” y el “me enfada”, convertida en sistema ideológico.

Los nuevos medios no necesitan crear fanáticos; les basta con fabricar identidades frágiles, hipersensibles y adictas al refuerzo. La gente ya no busca aprender, sino confirmar que su tribu tenía razón. Así, cada creador de contenido deviene en caudillo digital, y cada seguidor, en soldado de infantería emocional. Lo que antes era debate cultural ahora es guerra santa por el trending topic.

La crítica desaparece porque la pausa es un pecado. Nadie puede decir “aún no lo he pensado del todo” o “quizás tenga matices”. El tiempo de la reflexión no cabe en un reel. Y así, lo que podría haber sido un renacimiento de la conversación —una democratización del pensamiento gracias a los nuevos medios— se convierte en su caricatura.

El resultado es un paisaje cultural donde la sutileza se percibe como debilidad, el escepticismo como traición y la inteligencia como elitismo. Los nuevos medios han colonizado el espacio de la palabra con el tono del insulto y la lógica del espectáculo. El “influencer” ya no influye: impone. Y el público ya no escucha: consume adhesiones instantáneas.

Paradójicamente, es esa misma dinámica la que explica por qué tantos productos culturales vilipendiados en su estreno son redescubiertos años después. Películas, series, discos o novelas que fueron lapidadas por la furia inmediata del juicio digital reaparecen tiempo más tarde convertidas en obras de culto. La distancia temporal permite lo que el algoritmo prohíbe: pensar sin urgencia, mirar sin prejuicio. Lo que en su día fue objeto de burla se transforma entonces en símbolo de autenticidad o en joya incomprendida, y el insulto da paso al lamento por la oportunidad perdida.

Frente a esta deriva, el verdadero acto de rebeldía es recuperar la lentitud. Escuchar antes de responder. Dudar antes de sentenciar. Entender que una película puede ser interesante aunque tenga fallos, que un libro puede ser menor y aun así necesario, que las personas pueden disentir sin convertirse en enemigos.

Quizás el futuro de la inteligencia no esté en ganar discusiones virales, sino en reconstruir el espacio para pensar sin gritar. Volver a hablar como quien tiende un puente, no como quien levanta una trinchera.

Porque en esta guerra por la atención, lo que estamos perdiendo no es tiempo: es la posibilidad misma del pensamiento.

Para reflexionar

  • ¿Cuándo fue la última vez que cambiaste de opinión tras escuchar una crítica?
  • ¿Cuántas veces opinamos sin haber leído, visto o entendido del todo aquello de lo que hablamos?
  • ¿Estamos cultivando pensamiento… o sólo reacción?

Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.

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