Por Víctor Martínez López
En las últimas décadas, las personas con discapacidad intelectual —y muy especialmente las personas con síndrome de Down— han ganado una visibilidad que hasta hace poco parecía inalcanzable. Han pasado de ser invisibles, confinadas a los márgenes de la vida pública, a ocupar espacios en los medios, las redes y la cultura popular. Un actor con síndrome de Down gana un Goya, una joven completa un grado universitario, una influencer arrasa en TikTok o un deportista gana varios oros en Special Olympics. Son historias que emocionan, que inspiran y que rompen barreras.

Pero conviene detenerse y mirar más allá del aplauso fácil. Porque esta visibilidad, aunque positiva y necesaria, y un gran avance desde nuestro punto de partida, no es inocente ni completa. En la sociedad mediática en la que vivimos, la discapacidad intelectual solo parece tener cabida cuando encaja en los moldes del discurso dominante: cuando es excepcional, cuando es estética, cuando puede convertirse en historia de superación o en contenido viral.
El relato que se difunde sobre la discapacidad intelectual está, muchas veces, filtrado por la lógica de los medios y las redes: selecciona, simplifica y embellece. En los programas de televisión, en los documentales o incluso en campañas institucionales, suele haber un casting: se elige a los más fotogénicos, a los más simpáticos, a quienes mejor se expresan o se ajustan al ideal de “diversidad feliz” que tanto gusta a la cultura contemporánea.
Esa mirada mediática es amable, pero también profundamente limitada. Porque detrás de cada persona visible hay cientos que no aparecen: personas con mayores necesidades de apoyo, con dificultades de comunicación, con problemas de conducta o sin un entorno familiar y social que las sostenga. Ellas también forman parte de la realidad de la discapacidad, pero rara vez encuentran un espacio en los escaparates mediáticos.
No se trata de rechazar los avances logrados ni de menospreciar los logros individuales —que son valiosos y merecen reconocimiento—, sino de comprender que la representación mediática actual tiende a construir una versión edulcorada y asimilada de la discapacidad: una que se adapta a los códigos estéticos, narrativos y emocionales de la cultura dominante. Una discapacidad que “funciona bien” ante la cámara, que inspira pero no incomoda, que emociona sin cuestionar.
Las asociaciones de personas con discapacidad intelectual y sus familias tenemos una responsabilidad en este contexto. No podemos limitarnos a celebrar la visibilidad mediática cuando viene dictada por otros; debemos ser también productores de discurso, generadores de contenido y constructores de relato. Debemos contar la realidad entera de la discapacidad: la cotidiana, la imperfecta, la que incluye apoyos, silencios, dependencias, frustraciones y también alegrías no televisadas.
El reto es precisamente construir una narrativa integradora, en la que fotógrafos, directores de arte y comunicadores utilicen su talento y sensibilidad para mostrar la belleza y la dignidad donde otros no la ven. Porque ellos sí tienen la capacidad —y la responsabilidad— de encontrar la fotogenia en lo auténtico, de convertirla en símbolo, de usarla como amplificador para el mundo. Una sociedad verdaderamente inclusiva no se logra eligiendo a los más expresivos, sino creando miradas que sean capaces de revelar la luz de todos.
Mostrar toda la diversidad dentro de la discapacidad es, hoy, un acto político y ético. Implica crear espacios de comunicación propios —programas, redes, campañas, calendarios, exposiciones— donde absolutamente todos tengan cabida: quienes hablan y quienes no, quienes sonríen a la cámara y quienes prefieren apartar la mirada. Porque solo desde esa pluralidad podremos construir una cultura verdaderamente inclusiva, que no seleccione ni jerarquice a las personas en términos de «productividad», o según su capacidad de adaptarse al discurso dominante.
El reto, por tanto, no es solo “estar presentes”, sino estar presentes con autenticidad. No basta con ser visibles: hay que ser visibles desde la verdad. Y esa verdad, aunque no siempre sea cómoda ni fotogénica, es la que transforma sociedades.
Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social. Desde 2021 es Presidente de ASSIDO (Asociación para personas con síndrome de Down de Murcia), la segunda asociación de síndrome de Down más veterana de España.
