Vivimos en un mundo donde los hechos ya no bastan. Donde una afirmación falsa, repetida con suficiente emoción, puede adquirir más fuerza que una verdad comprobada. Donde la viralidad sustituye a la veracidad, y los relatos se imponen a los datos. Este fenómeno, conocido como posverdad, no es un mero accidente de la historia, ni una desviación puntual del sistema mediático. Es, más bien, el síntoma visible de una transformación profunda: la consecuencia directa de la cultura posmoderna y su relación con la verdad.

La verdad ya no se lleva: posmodernidad y fragmentación
Jean-François Lyotard lo adelantó ya en 1979: la posmodernidad se define por la incredulidad hacia los metarrelatos. Es decir, hacia aquellas grandes narrativas (la ciencia, la religión, la política, el progreso) que durante siglos nos ofrecieron una idea de verdad compartida. Con su debilitamiento, el conocimiento deja de ser universal para volverse local, situado, plural. Y en ese terreno fértil de la multiplicidad, cualquier relato puede competir con cualquier otro, independientemente de su relación con los hechos.
En este escenario, la verdad deja de ser algo que se descubre… para convertirse en algo que se construye. O peor aún: que se negocia. Que se compra. Que se impone por volumen, no por argumento. Es la lógica del trending topic, no la del dato.
Baudrillard tenía razón (y eso debería asustarnos)
En su célebre teoría del simulacro, Jean Baudrillard advirtió que los medios de comunicación ya no representaban la realidad, sino que la sustituían. Vivimos, según él, en una “hiperrealidad”: una dimensión en la que las imágenes, los signos y los relatos no reflejan el mundo, sino que lo inventan.
Las fake news no son solo mentiras. Son simulacros. Son construcciones que imitan la forma de una noticia sin compartir su función epistémica. Y lo más inquietante es que muchas veces, esas construcciones resultan más creíbles (y más compartibles) que la realidad misma. ¿Por qué? Porque apelan a las emociones, a las identidades, a los prejuicios. Porque cuentan historias que queremos creer.
El algoritmo como nuevo editor de la verdad
Durante siglos, la figura del editor garantizaba un mínimo de verificación, contexto y responsabilidad en la construcción del discurso público. Hoy, ese papel ha sido asumido por los algoritmos: motores invisibles que no valoran la calidad de la información, sino su capacidad de generar clics, reacciones y tiempo de permanencia.
Los algoritmos no promueven la verdad. Promueven la atención. Y en la economía de la atención, la desinformación es rentable. Mucho más rentable que el pensamiento crítico.
Byung-Chul Han habla de la «sociedad de la transparencia», pero bien podríamos llamarla la “sociedad de la saturación”: todo está expuesto, todo está disponible, todo se dice… y sin embargo, nada se comprende. La abundancia de datos no produce conocimiento. Produce ruido. Y en el ruido, la verdad se ahoga.
Las consecuencias comunicativas: cuando todo puede decirse, nada importa
La comunicación, entendida como espacio compartido de sentido, se desmorona en la posmodernidad. Ya no hablamos para comprendernos, sino para posicionarnos. Para demostrar. Para vencer. En redes, todo se convierte en performance: cada tuit, cada reel, cada story es una miniatura de identidad que grita “esto soy yo”, sin espacio para el matiz o la duda.
La fake news es solo un síntoma. El verdadero problema es que el contrato comunicativo está roto. Habermas creía en una esfera pública regida por la racionalidad y el consenso. Hoy sabemos que eso fue, quizás, una utopía ilustrada. Porque en el ecosistema actual, lo emocional supera a lo racional, y la ideología a la evidencia.
¿Y ahora qué? Algunas pistas para reconstruir
Frente a este panorama, ¿queda algo por hacer? Sí, pero exige un esfuerzo contracultural. Algunas claves:
- Educar en epistemología: enseñar no solo a consumir información, sino a entender cómo se construye el conocimiento.
- Rediseñar algoritmos: no basta con pedir a las plataformas que moderen contenido. Es necesario cuestionar el modelo de negocio que las sustenta.
- Practicar una ética comunicativa radical: volver a asumir que comunicar es un acto político, y que tiene consecuencias.
- Construir microesferas deliberativas: espacios de diálogo donde el tiempo, la escucha y la argumentación recuperen su valor.

Epílogo: ¿y si la verdad fuera una forma de resistencia?
Tal vez, en este mundo saturado de relatos, optar por la verdad —aunque frágil, compleja, incómoda— sea un acto revolucionario. No una verdad absoluta, ni total, ni dogmática. Sino una ética del relato: una forma de estar en el mundo que sepa decir “no sé”, que tolere la incertidumbre, que desconfíe de lo fácil y abrace lo incómodo.
Porque si renunciamos a esa búsqueda… entonces sí habremos perdido.
