El amigo desconocido

José Manuel Fernández, y las amistades que nunca fueron virtuales

Jose Manuel Fernandez

Anoche me enteré, por una publicación de José Viruete, de que José Manuel Fernández ha muerto. Sabía de su enfermedad. Aun así, la noticia me ha afectado más de lo que esperaba, y me ha dejado con una pregunta: ¿por qué duele la muerte de alguien a quien nunca llegué a estrechar la mano?

Compartíamos una afición: el pulp, el cómic, la cultura popular y nos habíamos conocido como se conoce hoy tanta gente: comentando publicaciones, cruzando recomendaciones, discutiendo en redes sociales. Hace unos años, cuando buscaba una residencia para su padre anciano, hablamos por teléfono. Me pidió consejo sobre gestión de la dependencia y recuerdo aquella conversación porque, de pronto, una relación nacida entre comentarios sobre cómics y literatura pulp había dado el salto a una preocupación muy real. Hace unos meses nos escribió a varios aficionados para embarcarnos en un proyecto tan hermoso como improbable: recuperar una revista pulp tal y como se hacían originalmente. Nunca coincidimos físicamente. Y sin embargo hoy tengo la sensación clara de haber perdido a un amigo. No uno íntimo, no de los que comparten vacaciones o mesa en Nochebuena, pero sí alguien que ocupaba un lugar estable en mi vida intelectual, el tipo de presencia que uno da por descontada hasta que falta.

Muchas veces, al publicar un artículo, esperaba su comentario. No de forma consciente, sino como quien espera que aparezca el habitual de una tertulia. Me gustaba leerlo. A veces ampliaba una referencia; otras discrepaba de alguna idea, pero siempre con ese tono que convierte una discusión en conversación y no en enfrentamiento. Y es ahí, creo, donde empieza de verdad el duelo: no en los grandes recuerdos sino en las pequeñas expectativas que dejan de cumplirse. Publicaré un artículo nuevo, y habrá un comentario que ya no llegará nunca.

Durante años hemos usado la expresión amigo virtual con un cierto matiz despectivo, como si el adjetivo rebajara la autenticidad del vínculo, como si una amistad necesitara cafés y abrazos para ser verdadera. Pero probablemente hemos confundido el medio con la relación: las cartas, el teléfono, las redes sociales, nunca fueron la amistad en sí, sino los soportes sobre los que esta se construía cada vez. Internet ha hecho posible algo relativamente nuevo: comunidades enteras levantadas sobre afinidades intelectuales antes que sobre la proximidad geográfica, y en ellas sabemos qué libros lee el otro, qué le entusiasma, qué sentido del humor tiene, qué le inquieta. Esperamos sus opiniones, recordamos conversaciones de hace años, le pedimos consejo y él nos lo pide a nosotros. En qué momento deja eso de ser una simple interacción para convertirse en amistad es una frontera que sospecho que no existe. O quizá solo se vuelve visible cuando alguien deja de estar al otro lado.

Hace unos días reflexionaba aquí mismo sobre el tipo de vínculo que empezamos a establecer con las inteligencias artificiales, y aventuraba que quizá asistíamos al nacimiento de una forma de relación distinta de la amistad tradicional, pero no por ello vacía de sentido. La muerte de José Manuel me lleva, casi en dirección contraria, a revisar el juicio sobre las amistades humanas nacidas en Internet: no eran una variante menor, una amistad de segunda categoría a la espera de validarse en persona. Eran amistad, sin más, que había encontrado otro soporte donde construirse; quizá porque los seres humanos no fabricamos vínculos con lugares sino con relatos compartidos, y somos, antes que ninguna otra cosa, animales que vuelven una y otra vez a las mismas conversaciones, a las mismas voces.

Mientras escribo esto no dejo de pensar en una vieja canción de Radio Futura, El amigo desconocido. Siempre me pareció una expresión hermosa, casi contradictoria en sus propios términos. Hoy la entiendo de otra manera: hay personas que permanecen años en la periferia de una vida y, sin hacer ruido, acaban formando parte de ella sin necesidad de haber compartido nunca una mesa. José Manuel era uno de esos amigos desconocidos, y el pequeño mundo del pulp y del cómic, el de las conversaciones que nacían alrededor de ellos, es desde hoy un lugar algo más silencioso. No sé todavía si la palabra amigo nos alcanza para nombrar del todo lo que era esto. Pero es la que tengo.

Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.