No fue Internet. Fue la plaza que se privatizó

Shoshana Zuboff lleva más de una década insistiendo en lo mismo: si no construimos una gobernanza democrática capaz de poner límites al poder de las grandes plataformas digitales, corremos el riesgo de que un gobierno computacional, gestionado por un puñado de corporaciones, termine desplazando al gobierno democrático que en teoría seguimos eligiendo. Es un diagnóstico difícil de discutir. Durante dos décadas, un número reducido de compañías ha acumulado una capacidad sin precedentes para recopilar datos, modelar comportamientos y condicionar lo que una sociedad entera considera digno de conversación.

Y sin embargo, cada vez que leo o escucho ese diagnóstico, tengo la sensación de que arrastra una confusión de origen. Se habla de Internet como si Internet y las plataformas fueran la misma cosa. Como si Google, Meta, TikTok o X agotaran lo que significa estar conectado. No lo agotan. Del mismo modo que una cadena hotelera no es el turismo ni una operadora ferroviaria son las vías del tren, las plataformas son empresas privadas que operan sobre una infraestructura mucho más amplia, abierta y de nadie en particular.

Habermas llamó esfera pública al espacio en el que los ciudadanos, en teoría iguales ante el argumento, deliberan sobre lo común. No era un lugar físico sino una condición: que cualquiera pudiera participar en la conversación con el mismo derecho a ser escuchado que los demás, y que esa conversación se rigiera por la fuerza del mejor argumento y no por quien controlara el canal. La primera Internet, la de los blogs, los foros y las páginas enlazadas unas con otras sin que nadie llevara el mando, se parecía sorprendentemente a esa condición. Era caótica, desigual, poco amigable para el usuario medio. Pero nadie controlaba el conjunto, y eso importaba más de lo que entonces sabíamos apreciar.

Lo que vino después no fue el fin de esa esfera pública sino su privatización. Dejamos de visitar páginas para abrir aplicaciones. Dejamos de enlazarnos unos a otros para desplazarnos por un flujo que decide un algoritmo ajeno. La plaza siguió existiendo, pero adquirió dueño, y el dueño reescribió las reglas de quién habla, cuánto dura lo dicho y a cuántos llega. El habermasiano intercambio racional entre iguales fue sustituido por un diseño que premia la reacción inmediata sobre el argumento sostenido, porque es la reacción inmediata la que se puede medir, vender y optimizar. No es que las plataformas hayan destruido la deliberación pública: es que la han rediseñado para que deliberar ya no sea lo más rentable que se puede hacer con la atención de alguien.

De ahí que la pregunta por la regulación merezca más matices de los que suele recibir. El poder de estas compañías necesita límites, y las medidas razonables —transparencia, protección de datos, freno a los abusos de posición dominante, interoperabilidad real entre servicios— no admiten mucha discusión. Pero conviene no confundir poner reglas al juego con diseñar el juego entero. Las sociedades contemporáneas tienden a responder a cualquier problema añadiendo una capa más de gobernanza: más organismos, más supervisión, más comités. Los sistemas complejos rara vez mejoran por acumulación de niveles de mando; hay un viejo chiste de creativos publicitarios que lo resume mejor que cualquier informe: un camello es un caballo diseñado por un comité.

La alternativa no es construir una autoridad cada vez mayor para administrar la plaza pública digital, sino devolverle algo de lo que la hizo pública en origen: la descentralización, los estándares abiertos, la posibilidad de que ningún actor concentre una parte desproporcionada de la conversación. Limitar el poder no siempre exige crear un poder equivalente que lo vigile. A veces exige distribuirlo.

Esto tiene también una dimensión que vivo en primera persona. A menudo me preguntan por qué sigo escribiendo en blogs propios cuando las redes ofrecen mucha más difusión inmediata. La respuesta es que un artículo publicado en un sitio propio puede enlazarse, citarse, archivarse y seguir siendo encontrado años después, mientras que una publicación en una red social vive bajo reglas que no controla quien la escribe: su alcance, su permanencia, incluso su visibilidad, dependen de decisiones tomadas muy lejos de su autor. Escribir en la plaza abierta, aunque sea menos cómodo, es una forma de conservar la voz propia fuera del algoritmo de otro.

Zuboff nos ha ayudado a poner nombre a un fenómeno que durante años pasó inadvertido: la extracción sistemática de datos y la transformación del comportamiento humano en un recurso económico. Pero quizá el capitalismo de la vigilancia no nació porque Internet fuera demasiado abierta. Al contrario. Nació cuando dejamos de habitar la Internet abierta para encerrarnos, voluntariamente, en un puñado de jardines vallados.

Internet no nació como un producto ni como un servicio que alguien administra por nosotros. Nació como una arquitectura de libertad, con todos los defectos que eso conlleva. El debate que tenemos por delante no es únicamente cómo gobernar mejor la plaza pública digital, se trata de cómo volver a habitarla sin que nadie tenga que pedirnos permiso para hablar en ella.

Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.