Hubo un tiempo en que el conocimiento tenía jerarquías. No siempre eran justas, y a veces la autoridad se confundía con el dogma. Pero existían, y cumplían una función epistemológica: distinguían entre el que sabe y el que opina. La democratización del acceso a la información fue una conquista formidable. Sin embargo, no es nostalgia elitista concluir que, en algún momento de los últimos treinta años, confundimos el acceso con el valor. Y esa confusión, aparentemente semántica, tiene consecuencias prácticas que ya no son abstractas. Hoy el científico y el terraplanista aparecen en el mismo panel. El epidemiólogo y el gurú de Telegram comparten franja horaria. El historiador y el conspiranoico se presentan como «voces distintas sobre el mismo hecho». Y sobre todo eso flota una frase que se pronuncia con gravedad intelectual, como si fuera la formulación más honesta del libre pensamiento: escuchen todas las posturas y decidan ustedes.

La trampa no está en escuchar. La trampa está en el precepto silencioso que contiene esa frase: que todas las posturas llegan al debate con legitimidad semejante. No es así.
A diario trabajo con el argumento como instrumento técnico: en el derecho, las pruebas no valen todas igual, los testimonios se sopesan, la carga de la prueba no se distribuye por aclamación popular. Un tribunal no funciona por debate abierto ni por número de seguidores. Las garantías procesales existen, entre otras razones, para impedir exactamente lo que el espacio mediático hace como norma: que la retórica sustituya a la evidencia.
El problema no es nuevo. Lo nuevo es la escala y la velocidad a la que opera.
La ciencia no es democrática en el sentido en que solemos usar esa palabra: la gravedad no negocia. La eficacia de una vacuna no depende del número de likes. El conocimiento científico tiene algo profundamente antipublicitario: es lento, acumulativo, lleno de probabilidades y de matices, y sus portavoces más honestos suelen hablar con una incertidumbre que no resulta televisiva. Un investigador riguroso raras veces parece tan seguro como un profeta.
El disparate, en cambio, tiene ventajas narrativas contra las que el rigor no puede competir: tiene villanos. Ofrece explicaciones totales. Sitúa al espectador en una posición privilegiada: el que ve lo que los demás no quieren ver. Narrativamente, una conspiración siempre gana a un metaanálisis. No porque los humanos seamos estúpidos, sino porque estamos construidos para las historias y no para los intervalos de confianza.
Lo que ha ocurrido, entonces, no es que la gente haya dejado de razonar. Es que hemos sustituido silenciosamente al experto por el narrador convincente. Lo que importa ya no es quién sabe más sino quién cuenta mejor la historia. Y eso transforma el espacio público en algo muy concreto: un escenario donde la credibilidad es una cuestión de performance, no de contenido.
Esto no significa que los expertos sean incuestionables. La historia demuestra, con ejemplos no menores, que el consenso puede equivocarse y que las instituciones del saber pueden también servir a intereses que no son los del conocimiento. El escepticismo es necesario. La pregunta crítica es legítima y saludable. Pero hay una diferencia que tiende a colapsar en el debate público: la diferencia entre cuestionar el conocimiento y disolver la posibilidad misma del conocimiento. La primera es crítica epistemológica. La segunda es nihilismo de mercado: si todo vale igual, nada vale nada, y entonces lo que decide no es el argumento sino el volumen, la repetición o la simpatía del portavoz.
Hemos convertido la esfera pública en un buffet epistemológico: cada cual se sirve la explicación que más le apetece y después llama pensamiento crítico a su elección.
Si un puente va a construirse, escuchamos al ingeniero antes que al primo de WhatsApp. Si un avión despega, confiamos en la física más que en las intuiciones de un influencer de bienestar. Pero cuando se trata de cuestiones científicas, históricas o de salud pública, actuamos como si el rigor fuera solo una opinión dentro de una mesa redonda muy bien iluminada.
Quizá porque el espectáculo necesita conflicto. Y el consenso es malo para el negocio.
El problema no es el misterio ni la incertidumbre. El ser humano necesita preguntas y espacios para lo desconocido. El problema empieza cuando confundimos el asombro con la suspensión del criterio. Cuando el conocimiento y el disparate compiten como si fueran candidatos equivalentes ante el juicio del público.
Saber, creer y sospechar son operaciones distintas. Tienen diferente peso y exigen diferente tipo de evidencia. No merecen el mismo tiempo de antena ni la misma deferencia retórica.
Escuchar todas las posturas está muy bien. Pero antes convendría preguntarse si el formato en el que las escuchamos está diseñado para ayudarnos a distinguirlas o, simplemente, para que el espectáculo dure hasta los créditos.
Víctor Martínez López (Murcia, 1973) es un abogado vinculado a las industrias creativas, creativo publicitario y especialista en comunicación social.
