Es la comunicación, estúpido (I). Tropiezos y lecciones en la comunicación de la crisis de Covid-19

Las elecciones en que Bill Clinton ganó a George Bush padre dejaron para la historia esta frase, repetida hasta la saciedad: “It’s the economy, stupid!”. Que fue lema “oficioso” de la campaña de Clinton, e instaba a los encargados de ésta a centrarse en los aspectos cotidianos de la vida de la gente. Esto es así, pero una vez sentada esa base, hay un factor no menos importante que es la comunicación. Todos lo sabemos y, si de algo peca la acción política moderna, es de hiperactividad comunicativa, lo cual a veces genera tormentas perfectas en las que naufragan los gestores políticos. Prensa, televisión, radio, redes sociales… Diferentes medios en un ‘crescendo’ de inmediatez llevan a la necesidad de adoptar decisiones de calado en horas, expuestos a la jauría.

Evidentemente el Gobierno de España ha cometido errores graves en la gestión de la crisis del coronavirus. A mi juicio hay dos especialmente importantes: uno, no hacer acopio extra de material desde los reiterados avisos de la OMS de enero de 2020 (pruebas diagnósticas, equipos de protección), y dos, retrasar en una semana la adopción de medidas de distanciamiento social (si no confinamiento, sí cierre de centros educativos y culturales y prohibición de actos masivos).

No obstante, como digo, esta es simplemente mi opinión, no soy epidemiólogo ni especialista, ni siquiera soy gestor público de nada, y desconozco las posibilidades reales de actuación que había en ambos aspectos. ¿Era ya imposible adquirir material fabricado en China en una etapa de crisis sanitaria aguda en aquel país? ¿Había perspectiva de contención de la enfermedad en la primera semana de marzo, de forma que la presión de los lobbies (liga de fútbol, patronal hostelera, confesiones religiosas, partidos políticos) para seguir desarrollando sus actividades fuese insoportable? Honestamente lo desconozco, y no es este el debate (que por otra parte es omnipresente en internet y otros medios) del que quiero tratar en este post, sino de este otro íntimamente relacionado: en un escenario como este, los errores de comunicación se pagan muy caros.

El mayor error comunicativo, esto se ha repetido hasta la saciedad, se produjo en las vísperas del 8 de marzo. El gobierno acababa de presentar un anteproyecto de ley del Ministerio de Igualdad y el 8 de marzo debía ser una fiesta, por lo que ese fin de semana siguió permitiendo las concentraciones multitudinarias. ¿Fue este un error operativo del que se han derivado miles de muertes que podían y debían haberse evitado, como hábilmente ha esparcido la derecha en medios y redes? Vuelvo al párrafo anterior: no lo sé porque no tengo los conocimientos para afirmarlo o negarlo. No solo no soy epidemiólogo, sino que ni siquiera conozco a ninguno. Ese fin de semana hubo miles y miles de personas en actos religiosos y deportivos, celebraciones de todo tipo e incluso VOX celebró un mitin multitudinario en el que Ortega Smith, que tal y como se vio dos días después estaba con síntomas evidentes de Covid-19, se dedicó a dar besos y abrazos como si no hubiera un mañana. Es decir: no fueron solo las manifestaciones de 8 de marzo, sino todo lo demás. Aunque si queremos ser dañinos, podemos decir que se permitió todo lo demás porque se quería permitir la manifestación.

¿Pero y desde la perspectiva de la comunicación? Desde la perspectiva de la comunicación fue nefasto, porque al gobierno se le notó muchísimo el interés en desplazar el foco de atención del coronavirus para no alterar la agenda conmemorativa. Si revisamos la rueda de prensa de Fernando Simón del sábado 7 de marzo, su cara era un poema. Y lo peor es que restó credibilidad a las decisiones que se tomaron después. Porque menos de una semana más tarde, España estaba en estado de alarma y la ciudadanía confinada con medidas severas de restricción de la movilidad.

Como decía al principio no voy a la realidad, a lo que realmente pasó, sino a la comunicación. En política muchas veces el parecer es el ser. Y este patinazo de comunicación fue muy bien aprovechado por la oposición, y en buena medida ha ido lastrando la imagen del gobierno en la gestión de la crisis. A veces no somos conscientes de en qué momento el tiempo se queda congelado y nos hace una instantánea para la posteridad.

Y de hecho, si la oposición no cometiera errores de bulto, Pedro Sánchez perdería más pronto que tarde el gobierno por ese 8 de marzo, sea ello justo o no: en la retina de la ciudadanía se ha quedado fijado un frame muy concreto. No obstante, el tiempo siempre juega a favor del que gobierna, y el tablero va cambiando a poco que las piezas se muevan. Así, el mensaje compacto, redondo y contundente de la crítica a Sánchez (“reaccionó tarde y eso ha tenido un coste ingente en vidas humanas”), del que repito no entro a considerar su certeza sino su eficacia como ariete de comunicación, ha ido dejando paso a otros mensajes aún más furiosos, pero más fragmentarios e incluso contradictorios. Y en comunicación se cumple no solo el dicho “quien mucho abarca poco aprieta”, sino que además es imposible apretar de forma sostenida mucho tiempo. Por ejemplo, ahora se cuestiona la vigencia del estado de alarma o incluso la necesidad de éste desde el inicio, y una vez pasado el foco de mayor mortalidad, hay quien pone en duda hasta la letalidad de la propia pandemia y el confinamiento como estrategia. Lo cual obliga a ser pesimistas sobre la actitud y reacción de estas mismas personas si España hubiese seguido una estrategia “a la portuguesa” con cierre intenso del país a finales de febrero o principios de marzo, con aún poca incidencia de la enfermedad. Y por si fuera poco, las recientes manifestaciones y caceroladas en el Barrio de Salamanca, por su estética y la marcada clase social que las protagoniza, con clara desatención además de las medidas de seguridad necesarias para su propia realización, han resultado en realidad un balón de oxígeno para el gobierno y un laberinto para los partidos de derecha.

Las caras de la crisis

Hablemos ahora de los grandes emisores de la crisis por el lado gubernamental. Tenemos a Pedro Sanchez Castejón, un político acróbata que ha hecho del funambulismo su estilo personal. Sus vaivenes, a veces en menos de 24 horas, a menudo lastran su credibilidad, pero lo compensa con la capacidad de cerrar acuerdos y pactos in extremis, a veces con extraños compañeros de cama o incluso adversarios declarados. Esta especie de saltimbanquis pueden resultar a menudo irritantes, pero en una época de mayorías exiguas e inestabilidad, no tenemos más remedio que acostumbrarnos a este tipo de perfiles, porque son supervivientes natos. Habrá a quien la comparación le resulte insoportable, pero también Adolfo Suárez era así: de perfil intelectual modesto, pero autoestima ilimitada y dispuesto a sentarse con quien fuera para lograr su objetivo. En la gestión de esta pandemia, el presidente ha intentado protagonizar la comunicación de las medidas del ejecutivo en largas comparecencias de corte presidencialista de cierto regusto norteamericano. Comparecencias que han sido tachadas de empalagosas y redundantes por quienes estamos saturados de presencia política e información en las redes sociales; pero que desde un punto de vista comunicativo yo entiendo necesarias para llegar a esa población, no por estar en vías de extinción menos numerosa, que no sigue Internet de forma masiva y sigue informándose en televisión.

Tenemos también a Salvador Illa, Ministro de Sanidad: “el hombre que pasaba por allí” (el cine y la literatura tienen especial querencia por este tipo de personaje, el hombre tranquilo y destinado a pasar desapercibido que de repente, y contra todo pronóstico, se ve pilotando una crisis mayúscula). Parece que ha pasado una década desde que, hace menos de un año, Podemos despreció la oferta del Ministerio de Sanidad alegando que se trataba de una “cartera florero”. No sabemos si fue con ese objeto decorativo que el maletín recayó en enero en Illa para cubrir la cuota necesaria del PSC; lo cierto es que solo un par de meses después, este Licenciado en Filosofía, exalcalde de La Roca del Vallés, exdirector general del Departamento de Justicia de Catalunya y Secretario de Organización del PSC, mano derecha de Miguel Iceta, se encontraba gestionando la mayor crisis sanitaria que los países desarrollados han afrontado en el último siglo.

A Salvador Illa se le critica que no sea profesional médico, y es cierto que, en momentos de crisis grave como esta, el conocimiento del sector sanitario siempre aporta un plus de tranquilidad. Lo hemos vivido en la Región de Murcia con el Consejero de Salud, Manuel Villegas, cuya formación y talante contribuyen a hacer creíble la gestión regional de la pandemia. Aunque está claro que el ministerio de Sanidad es un cargo político y su gestión, al margen de quién sea su titular, se debe a decisiones políticas que se toman en función del asesoramiento de especialistas en epidemiología y virología. Dejando aparte la gestión operativa de la crisis, cuyo acierto o desacierto no es objeto de este artículo, la verdad es que desde el punto de vista de la comunicación el estoicismo de Salvador Illa transmite seriedad y poca disposición a tirarse al barro del fuego cruzado general. Rafael Matesanz, fundador de la Organización Nacional de Trasplantes, en una entrevista a El Mundo de 30 de abril dijo de él: “Por sus intervenciones, parece una persona inteligente y, desde luego, trabajadora, que probablemente habría llegado a ser un buen ministro en tiempos menos convulsos. Nunca lo vamos a saber porque toda su gestión se va a juzgar por el prisma de la pandemia y, por desgracia para todos, no está saliendo airoso de ella”.

Y por supuesto no podemos olvidar, por ser el más importante, a Fernando Simón. A este veterano epidemiólogo, director desde 2012 del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, conocido por su actuación como portavoz del comité especial sobre la enfermedad del virus del ébola en España en 2014, le ha tocado ahora ser portavoz del Ministerio de Sanidad contra la pandemia del SARS-CoV-2 de 2020 en España. La tarea no es pequeña ni envidiable. Si en su primer reto en la información de la gestión del ébola salió airoso y muy bien valorado, la complejidad y mayor extensión territorial y temporal de la crisis de la enfermedad de Covid-19 hacen muy difícil encararla sin “quemarse” en el intento. No obstante, creo que la animadversión que cierta parte de la opinión pública siente hacia él viene derivada de la confusión en el receptor de su papel, que es la de portavoz de la comunicación oficial del ministerio sobre la pandemia. Él no es un actor político, como lo demuestra que haya desarrollado su papel en dos crisis sanitarias distintas bajo ejecutivos diferentes. Evidentemente él no puede criticar decisiones políticas, sino en todo caso transmitirlas; y no en una dimensión política, sino conforme a los criterios técnicos que en cada momento maneje el ministerio. Si situamos esto en su debido contexto, lo cierto es que su estilo es sereno, en las antípodas de lo polémico, y creo que muy adecuado a este tipo de comunicación. Además, otro acierto fue incorporar a sus ruedas de prensa a otros miembros del equipo de coordinación de la crisis durante el estado de alarma, proveniente de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado.

Todos estos ingredientes, las decisiones tomadas y sus protagonistas, han dejado en conjunto una imagen irregular de estas labores de comunicación, con errores concatenados de gravedad variable: la selección de periodistas que podían preguntar en las comparecencias del presidente, los cambios de criterio (a veces en apenas unas pocas horas) sobre decisiones de trascendencia en cuanto a actividades prohibidas y permitidas, los BOE con decretos u órdenes que se publicaban al filo de la madrugada para iniciar su vigencia al día siguiente, etc.

¿Pasará factura todo esto al gobierno? Con toda probabilidad sí. En la medida en que la realidad es tan grave que, como decíamos más arriba, los errores de comunicación eran un lujo que ningún gobierno podía permitirse. Pero igualmente es probable que sea el peso de la realidad la que acabe aplastando al ejecutivo, sin que la comunicación sea tan decisiva en el activo o en el pasivo: serán la crisis subyacente y las dificultades de financiación de la economía española en los próximos meses (o años) las causantes directas de, o bien la ruptura de la coalición de gobierno, o bien la derrota en las urnas por no tener tiempo de capitalizar la recuperación, si la hubiere.

¡Comparte!
Facebook Twitter Linkedin Pinterest

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *