La hora de la desconexión

Hace unos días leí un artículo del escritor Lorenzo Silva analizando los motivos por los que abandonaba Twitter. El autor describía así su relación pasada con este medio: “[…]durante siete años y pico, aunque la experiencia no estaba exenta de los engorros intrínsecos a cualquier foro abierto y anónimo de intercambio entre seres humanos, el análisis coste-beneficio […] me resultó positivo. Me permitía expresarme con agilidad y puntualidad en asuntos que me interesaban, ponía a prueba mi capacidad de condensar el pensamiento, y recibía no pocas respuestas cálidas y estimulantes, útiles y esclarecedoras aun desde la discrepancia. Por todo ello seguí activo en Twitter, llegando a reunir algo más de 102.000 seguidores no comprados de mi cuenta”. 

Y a continuación, explicaba: “Hasta el pasado 2 de enero, día en que tomé la decisión irrevocable de no volver a tuitear. Si alguien tiene curiosidad, puede acudir a mi timeline y observará que ese día no pasó nada en especial. No fue, pues, una reacción a alguno de los fusilamientos tuiteros a los que me he hecho acreedor por no dejar de expresar mi opinión, irritante para sectores dispares; desde los independentistas catalanes que me tildaban de franquista, por no festejar su aventura, hasta los nostálgicos del régimen que no me perdonaban que retratara en mis libros a su Generalísimo como el carnicero que supo ser, tanto en la Guerra de Marruecos como en la Guerra Civil o, en fin, la tenebrosa posguerra. No, no hubo nada de eso, sino la precipitación final de una reflexión madurada durante meses, en los que el resultado de mi análisis coste-beneficio se fue deteriorando. No sólo eran las injurias que debía soportar (denuncié a la compañía, por probar, una especialmente grave; se me contestó que en ella nada había contrario a sus condiciones de uso); a medida que mis mensajes alcanzaban más difusión empecé a sentirme desbordado por la respuesta”.

Lo incluyo como ejemplo notorio, pero no es el único caso. Cada vez más amigos y conocidos se baten en retirada (en la mayoría de casos de Facebook, pero también de otras redes sociales) ante el hastío que les produce el ruido y la furia ensordecedores que se han apoderado de estos medios: un vendaval de troleos y descalificaciones ante las opiniones más inocentes y peregrinas. Es un fenómeno, este de la retirada, que tenía que llegar tarde o temprano, y que irá a más.

Desde la expansión de la prensa y la radio, hace bastante más de un siglo, los mass media han arrastrado una maldición de tragedia griega que se ha cumplido de forma inexorable: cada nuevo medio que nacía (pongamos como ejemplo paradigmático la televisión) llevaba implícita la promesa, a modo de potencial, de ser una herramienta inigualable para la difusión de la cultura y la interconexión una audiencia heterogénea, compuesta por públicos separados por la geografía y la demografía. Sin embargo, los medios de masas siempre degeneran en ‘fast food’ intelectual y quien busca otros contenidos acaba regresando al refugio de la literatura y el cine. Donde también hay basura, es evidente, pero donde cada cual es su propio programador.

Los blogs, como punto de ebullición de la llamada web 2.0, fueron el gran invento con el que Prometeo ponía en manos de los humanos el fuego: la capacidad de crear nuevos medios, convertirnos en emisores, con un cierto diálogo y feedback con la audiencia (en forma de comentarios a los posts o noticias). Las redes sociales llegaron y tomaron estas posibilidades metiéndolas en una centrifugadora: todo se produce a ritmo vertiginoso y el emisor es un comentarista más. Todo es discusión. De leer el periódico en el bar (los blogs) se pasó directamente a la conversación de barra de bar (Facebook). Y estar en discusión permanente, que todo sea discutible y de hecho se discuta en todo momento, con obsesión además de tener la última palabra, resulta agotador.

https://twitter.com/asanchisan/status/966358446382731264

Mucha gente se plantea ahora retirarse de las redes. Como Lorenzo Silva, regresar a la edición de blogs, o incluso a otras formas de creación más productivas. No es tarea fácil. Las redes sociales son droga para nuestro cerebro: estimulan nuestro ego permitiéndonos mostrar nuestra inteligencia, y también fisgar un poco en la vida de los demás.

En cualquier caso tras un proceso de expansión y de consolidación de las redes y de su manera de funcionar, el reto está en conocerlas bien y saber utilizarlas para nuestro provecho y esparcimiento, y que no nos utilicen a nosotros.

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